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sábado, 24 de marzo de 2012

Mitos y leyendas de Chihuahua: Pancho Villa robó el tesoro de Luis Terrazas


EL TESORO DE LUIS TERRAZAS Y PANCHO VILLA
Leyenda de Chihuahua
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Desde mucho antes de la Revolución, o sea desde la segunda mitad del siglo XIX, Luis Terrazas era uno de los hombres más ricos de México, y el más rico del norte. Tenía haciendas, ranchos ganaderos, minas, propiedades, casas y todo lo que quería. Hasta fundó un banco, el Banco Minero de Chihuahua. Era tan rico que se convirtió en el cacique y con el poder que tenía ponía y quitaba gobernantes a su antojo.
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Dicen que los hombres más poderosos son los que siendo el poder están detrás del poder; son los que manipulan, y Luis Terrazas era así hasta que quiso ser diputado y síndico. Anduvo coqueteando con el poder de figura pública y se convirtió finalmente en el gobernador de Chihuahua. Ya con eso, no había nadie que lo contradijera y se hizo más rico y poderoso. Historia recreada por Homero Adame.
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Cuando empezó la Revolución, en Chihuahua las cosas se pusieron difíciles. Todavía siendo Porfirio Díaz presidente, destituyó a Luis Terrazas de la gobernatura y los ánimos se caldearon. En esas fechas, ya con 80 años de edad, Luis Terrazas huyó a una de sus propiedades en Aguascalientes, pero al darse cuenta de que todo el país era un polvorín, mejor se fue a California, pero en 1912 regresó a Chihuahua cuando Francisco I. Madero se lo pidió y le ofreció garantías para que pudiera gobernar sin problemas. Regresó y encontró muchas de sus haciendas saqueadas. Creía que iba a poder restablecerlas, y fue cuando Pancho Villa azoló Chihuahua.
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Todo lo anterior es historia y aquí viene la parte de la leyenda: cuentan que Pancho Villa llegó personalmente a la casa de Luis Terrazas y lo sacó a punta de pistola para que lo llevara al banco, abriera la caja fuerte y poder saquearla. Luis Terrazas siguió las órdenes del general Villa y sí, fueron al banco y de la bóveda los revolucionarios sacaron todo el dinero, joyas y barras de plata y de oro que había. Pero Pancho Villa se dio cuenta de que no era mucho y que lo que estaba allí guardado era dinero de los ahorradores, no el de Terrazas. Entonces le ordenó al ex gobernador que le dijera dónde estaba su tesoro, sin mucho éxito. Villa amenazó con matarlo, sin que esto asustara a Terrazas tampoco. Muy enojado, Villa mandó traer a dos hijos y dos nietos de Terrazas y le dijo a éste que si no le decía dónde estaba el tesoro los iba a matar allí mismo. Luis Terrazas no tuvo más remedio que decir la ubicación. El tesoro estaba adentro del mismo banco, pero enclavado en los pilares. Los hombres de Villa tumbaron los pilares y se llevaron las riquezas que Terrazas había acumulado en todos sus años de cacicazgo. Leyenda recreada por Homero Adame.
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Notas:
1. La foto de Luis Terrazas fue tomada de Wikipedia.
2. La foto de la Quinta Carolina fue tomada del sitio ImageShack.
3. La foto de Pancho Villa también fue tomada de Wikipedia.
Que los enlaces sirvan de crédito a sus creadores.

martes, 20 de marzo de 2012

Mitos y leyendas de San Luis Potosí: El espíritu de la lechuguilla



Esta leyenda, narrada por don Antonio Martínez y recopilada por Homero Adame, fue publicada en la plaquette Leyendas del Festival del Desierto, en la colección “Cantera la Voz”, como parte del Programa de Fomento a la Lectura durante la Feria del Libro de Matehuala, 2005.
Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado. San Luis Potosí. 2005.
Edición: Mtra. Déborah Chenillo Alazraki.
Diseño: Beatriz Gaytán Reyes.

lunes, 19 de marzo de 2012

Cuento de Homero Adame: El último encuentro de los desterrados


EL ÚLTIMO ENCUENTRO DE LOS DESTERRADOS

Por Homero Adame

Al crepúsculo de una tarde-noche más, de esas tantas que transcurren en Cerro de San Pedro sin que alguien les preste atención, de pronto se vieron centenares de filamentos opacos por aquí y por allá; eran como luces espectrales que sólo los que estuvieron allí las notaron, si acaso aún tenían la facultad de hacerlo. Tales lucecillas brotaron de la nada, pero en puntos específicos de los alrededores: cerros, tiros de minas y socavones, casas abandonadas, de alguna esquina, de la iglesia de San Pedro, del templo de San Nicolás, del arroyo siempre seco, detrás de alguna piedra o mogote y, por supuesto, de los rumbos del panteón. Avanzaron las lucecillas sin prisa hasta convergir en la explanada frente al templo de San Nicolás. Se saludaron cordialmente, sin recelos ni alegría.
Entre el numeroso grupo estaban la mujer de negro que solía merodear la puerta del templo, los encomenderos españoles, el sacerdote decapitado, los accidentados de la carreta despeñada, el borracho que murió al caer en un tiro de mina, los colgados del mezquite, el apuñalado de la cantina, algunos indios huachichiles, la niña violada y descuartizada, el muchacho que se quitó la vida por despecho, los fusilados, el peluquero envidioso, la mujer de blanco, el barrenador, los mineros que jamás fueron rescatados, el anciano que murió en completa soledad, los gavilleros y también el ánima de aquel infeliz que fue asesinado y sepultado encima de un baúl repleto de joyas y monedas de plata. Y sobre la escalinata de la antigua escuela, se encontraba nada menos que el convocante de tan inédito concilio: el temido y legendario Grafes.
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 “Amigos, vecinos, viejos conocidos y ánimas todas del mismo peregrinar en este valle sin lágrimas –dijo el Grafes, en tono solemne cuando todos estaban ya reunidos–. Agradezco que hayan aceptado venir a esta convención, a pesar de que algunos de ustedes fueron enemigos en vida o creen tener cuentas pendientes. Creo que saben cuál es el propósito de congregarnos aquí esta noche, por única vez, y me gustaría que todos y cada uno de ustedes dieran su opinión y, de tal modo, llegar a un acuerdo mutuo”.
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 “Con todo respeto, mi estimado Grafes, yo pensé que iba haber baile y música y por eso he venido –dijo el ánima del borracho, con palabras entrecortadas– pero si me explican con todo respeto por qué estamos aquí sin músicos ni mezcal, pues yo también tengo derecho a dar mi opinión”.
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 “Claro que algunos músicos estamos aquí –dijo uno de ellos–, pero no nos invitaron a una fiesta y ni instrumentos tenemos ya”.
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 “Estamos aquí porque ya no tenemos nada que hacer en este lugar ni tampoco hay cristianos que se asusten –dijo la mujer de blanco, y se oyó un murmullo de muchos espectros como en avenencia–. Desde hace mucho tiempo ya nadie nos ve, ya nadie cree que nuestras ánimas existen”.
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 “Mi alma no ha podido descansar después de tantos siglos –dijo el encomendero español–. No pasa día del Señor sin que mis culpas me atormenten por haber tratado mal a tantos infelices. No encuentro perdón y dudo que este cónclave sea para perdonarme a mí o a cualquiera que en vida cometió algún delito”.
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 “Todos son perdonados por la misericordia del Señor, hijo mío –le respondió al encomendero el sacerdote decapitado–. Sólo arrepiéntete de tus pecados y tu alma quedará absuelta”.
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 “¿Y nosotros de qué tenemos que arrepentirnos si nuestra única falta fue no haber querido trabajar como esclavos en esas minas del demonio y por eso se nos acusó de revoltosos” –preguntó uno de los colgados del mezquite.
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 “Yo me he arrepentido una y otra vez por haber sido tan envidioso y adúltero. Sentía que ustedes me hacían menos y como venganza enamoré a sus mujeres. Y pese a mi arrepentimiento, no encuentro misericordia de nadie –reclamó el peluquero envidioso.
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Y así transcurrieron las primeras horas del concilio, en esa noche como cualquier otra, pero especial y diferente por las circunstancias. Los pocos habitantes del pueblo ya dormían y los que no, estaban en sus casas viendo televisión o escuchando música a todo volumen sin que esto alterara la tranquilidad de los demás y menos la de las ánimas reunidas en la explanada, como tampoco ni vivos ni muertos se sentían perturbados por el ocasional estruendo de la dinamita a lo lejos. Las lechuzas que habían estado sobrevolando, finalmente se posaron en un pirul para estar atentas a la conversación.
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Todas las ánimas presentes hablaron de sí mismas, de sus “vidas”, del tormento de no poder encontrar descanso, de saber que aun habiendo sido sepultados sus cuerpos en camposanto seguían penando entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En un momento determinado, el encomendero dijo a los huachichiles, en tono que denotaba odio ancestral.
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 “¿Y vosotros, indios desterrados, tenéis algo que aportar a este cónclave? ¿Acaso no habéis aprendido el castellano en todos estos años de vivir como ánimas chocarreras?”.
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 “Siempre rejegos, hasta en el purgatorio” –murmuró el sacerdote decapitado.
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 “Idioma castellano o cualquier otro es innecesario para comunicarse entre espíritus –respondió uno de los huachichiles, como portavoz de sus compañeros–. Rejegos sí hemos sido porque jamás hemos creído en símbolo de cruz ni en figura de hombre lacerado, porque cruz no salva a nadie como no ha salvado a sacerdote intrigoso y murmurador. Desterrados no somos como ustedes porque ésta ha sido nuestra tierra y será hasta fin de tiempos. Ánimas chocarreras no somos porque aquí seguimos viviendo y deben todos saber que aceptamos venir a asamblea convocada por Grafes por curiosidad de saber si ya se van ustedes para siempre”.
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 “Que Dios los oiga y ya nos permita irnos para siempre –dijo la mujer de negro–. Aunque rezo y rezo por ese momento, mi alma no se va lejos de la bendita capilla de San Nicolás.
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 “Los rezos no sirven para nada –dijo uno de los gavilleros, quien fue secundado por el peluquero envidioso, por el apuñalado de la cantina y por varias ánimas más–. En vida muchos de nosotros nos arrepentimos, rezamos y hasta nos santolearon en el lecho de muerte, y qué sucedió. ¡Nada! Seguimos pagando nuestras culpas.
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 “A mí, sin haber pecado, también me pusieron los santos óleos, me dieron cristiana sepultura en el panteón, me hicieron todas las misas y debí haber encontrado descanso. Han pasado más de 150 años y sigo aquí, merodeando la nada, acaso esperando encontrar a mi asesino para vengarme” –chilló el ánima de la niña que fue violada y luego descuartizada.
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 “El sacerdote se negó darme cristiana sepultura, no ofició una misa de cuerpo presente para mí, no me puso los santos óleos ni me pasó los sahumerios –dijo el muchacho despechado–. Explicó a mis padres que yo era un ser maldito, una vergüenza para la santa iglesia, y sus palabras provocaron que ellos se vieran obligados a enterrarme afuera del panteón. Si mi final fue un tormento, más mi eterna búsqueda del perdón.
“Ojalá que al menos hubiera alguien que se tomara el tiempo de venir a dejar flores y ofrendas en nuestros sepulcros durante los Días de Muertos –se lamentó el anciano que falleció en completa soledad–, pero ni eso queda en este pueblo que fue olvidado por la gracia divina”.
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 “Ya dejen de estar quejándose –dijo el infeliz que fue asesinado y sepultado encima del baúl lleno de monedas de plata–. Mi ánima está atrapada en una tumba deshonrosa y clandestina porque mi patrón me dejó allí para que cuidara su tesoro. Él se largó de aquí y sólo Dios sabe si su ánima ande penando en San Luis o en otra parte, pero acá jamás regresó y me dejó atrapado, aunque la tumba luego haya sido profanada y mis huesos regados, pateados y vueltos a enterrar. Y así como yo, todos estamos aquí atrapados porque este pueblo está más muerto que nosotros y no nos deja salir para encontrar descanso.
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Este comentario dio un giro importante a la conversación del concilio. Recordaron las épocas de bonanza, cuando había vida, alegría, dinero y trabajo a raudales. Recordaron también el abandono y la ruina, cuando hasta los gambusinos se fueron para jamás volver. No pasaron por alto evocar las animadas fiestas patronales del 29 de junio y los convites del pasado, además de señalar que las del presente solían estar muy desangeladas. Hablaron de los visitantes ocasionales, esos que llegan a pasear un rato, curiosear e irse; de los festivales culturales que algunas personas enamoradas del pueblo y de su pasado histórico organizan para reavivar su grandeza o para impedir que sea destruido por la minera canadiense.
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Al mencionarse la minera, todos voltearon a mirar al Grafes, esperando un comentario suyo, pues cayeron en cuenta de que había estado observando silenciosamente durante toda la velada. Nada dijo entonces, pero se dio otro giro a la conversación y no hubo un solo presente que estuviera de acuerdo con las nuevas formas de minería o de vida. Sin embargo, el tema se prestó a discusión, ya que algunos afirmaron que la presencia de esa compañía minera y de los trabajadores había traído una nueva dinámica a Cerro de San Pedro, dinámica de actividad, de renacimiento y, acaso, de una nueva bonanza, mientras que otros se quejaron porque, según su opinión, los trabajadores venidos de lejos en nada beneficiaban al pueblo, como tampoco lo hacía la minera, que si algo había hecho era simplemente perturbar el descanso de las ánimas.
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 “¿Cuál descanso?” –interpelaron los accidentados de la carreta despeñada y los que habían muerto fusilados–. “Nunca han descansado nuestras ánimas y esa gente nueva en nada beneficia ni tampoco altera nuestro aburrimiento, o mejor dicho, nuestra zozobra”.
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 “Ningún descanso –apoyó uno de los mineros cuyo cuerpo jamás fue rescatado después de una explosión en la mina–. Lo peor para nuestra desgracia es que hace poco una de esas enormes máquinas que andan haciendo un boquetón a cielo abierto descubrió nuestros huesos, los removió, los aplastó y siguen y seguirán perdidos entre cúmulos de tierra y jale. Nuestra última esperanza de cristiana sepultura y descanso eterno se esfumó para siempre”.
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El barrenador exhaló un suspiro lastimero y pidió perdón a sus compañeros por haber sido el causante de sus muertes. Éstos dijeron que nada había que perdonar porque fueron gajes de su oficio y que ni siquiera el Grafes hubiera podido ayudarlos. En eso, a lo lejos se escucharon varios aullidos de coyotes. Pronto amanecería y ese singular encuentro llegaría a su fin. Fueron el barrenador, un gambusino y los huachichiles quienes pidieron al Grafes que expresara su opinión o diera sus conclusiones, si acaso las tenía.
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 “A estas alturas de casi la madrugada todos ustedes ya saben exactamente por qué estamos aquí –dijo el Grafes, por fin–. A todos y a cada uno de ustedes los conozco desde que llegaron a Cerro de San Pedro; he estado en esta tierra desde antes que nacieran. Me conocen como Grafes, como Jergas, como el Gris, como el Espíritu de la mina. Unos creen que soy benefactor y otros me temen. Soy anterior a la fe cristiana, anterior a los huachichiles, anterior a cualquier memoria que de aquí se tenga. No soy ánima en pena porque nunca he nacido ni he tenido cuerpo que haya muerto, aunque algunos crean que soy el fantasma de un minero que perdió su vida en un accidente. Lo más aproximado es decir que soy el espíritu de esta tierra, más que de las minas ya explotadas, ahora vueltas a explotar o aún por descubrir.
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 “Por ser el espíritu de esta tierra los llamé a esta asamblea para decirles que ya también he perdido el ánimo de seguir aquí, porque todo tiene un inicio y todo llega a su fin. No recuerdo cuándo llegué ni quién me ordenó que me quedara a velar por el bienestar del territorio y sus moradores, pero sé que mi tiempo está a punto de concluir y que otro espíritu para esta tierra habrá de ocupar mi lugar.
“Han de saber que también he perdido el ánimo de seguir aquí porque estas nuevas formas de minería son inauditas y más destructivas, son mezquinas y depredadoras; no respetan a nada ni a nadie, extraen todo lo que pueden y cuando las compañías se van, lo único que dejan es un páramo y los mantos envenenados. La bonanza es efímera y más temprano que tarde se irán esas compañías con sus maquinarias a alterar la paz o el devenir de otras ánimas en otro lugar. Para entonces, Cerro de San Pedro, que de cerro ya sólo el nombre le queda, no será ni pintoresco ni atractivo para nadie.
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 “Estamos aquí reunidos porque esto quería decirles, como también para decirles que el pueblo no tiene atrapado a nadie; son las culpas personales, los remordimientos, las muertes violentas y sus desenlaces lo que los tiene a ustedes atrapados. Y en breve, cuando tres coyotes canten su plegaria al primer rayo de sol que aparezca en el horizonte, será el momento que muchos de ustedes han esperado por décadas o siglos. Se abrirá la puerta de los tiempos y podrán irse para encontrar el ansiado descanso. La decisión es propia y les deseo mucha suerte a todos” –concluyó el Grafes y volvió a su silencio.
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Hubo animación e incredulidad en el ambiente. Ninguna de las ánimas sabía qué hacer o decir. ¿Cómo prepararse para partir? ¿Podrían llevarse algo? ¿Pero qué? ¿Podían irse juntos o debían hacerlo por separado? Esas luces espectrales se movían de un lugar a otro en la explanada, como dando vueltas o círculos frenéticos. Hasta las lechuzas alzaron el vuelo y revolotearon en círculos también. Es posible que ellas quedaran liberadas del influjo, si acaso estaban atrapadas por igual.
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Los colores de la aurora se tornaron cada vez más intensos en el oriente. El silbato de la minera se escuchó a lo lejos. El pueblo comenzaba a despertar para tener un día más en su monótono devenir. Justo cuando asomó el primer rayo de sol, tres coyotes aullaron en el horizonte. Una fuerte racha de viento se dejó sentir, cobrando fuerza para tornarse en remolino sobre la explanada. Las pocas personas que ya andaban en las calles se santiguaron.
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La luz del sol irradió sobre el pueblo de San Pedro. La gente y los mineros por igual intuyeron que hoy sería un día diferente o tal vez todo sería diferente a partir de hoy.
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En pocos segundos nada quedó en aquella explanada, ni siquiera el recuerdo de un encuentro inusual de ánimas desterradas. Sólo los espíritus de los antiguos huachichiles regresaron al monte para seguir viviendo en armonía con su entorno intangible.
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Este cuento, de Homero Adame, fue el ganador en el 2do Concurso de Cuento Corto convocado para el Onceavo Festival Cultural de Cerro de San Pedro, 2012.
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martes, 13 de marzo de 2012

Cuentos tradicionales mexicanos: El hombre que fue a tocar al infierno



"El músico que fue a tocar al infierno" es un cuento tradicional, que se narra con características similares en muchas partes de México. Esta versión la escuché hace muchos años en La Petaca, una congregación de Linares, N.L.
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Nota: la foto fue tomada del blog Literamo. Que el enlace sirva de crédito a su creadora.

lunes, 12 de marzo de 2012

Mitos y leyendas del Distrito Federal: La calle de las Ánimas


LA CALLE DE LAS ÁNIMAS
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Leyenda de México, D.F.
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Las calles de esta zona de Tacubaya tienen nombres de mártires de 1810, Mártires de Tacubaya, Mártires de la Conquista. Esta última ostentaba anteriormente el nombre de Calle de las Ánimas y unía al Molino de Valdez con la parroquia de La Candelaria. En las tardes de mucho viento, los vecinos aseguraban ver el paso de las almas de los judíos que murieron sin bautismo y vivieron en el molino antes mencionado, sin lamentar su suerte. Leyenda encontrada en un blog de Homero Adame.
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En las tarde, cuando las penumbras se asomaban, la calle se llenaba de nubes que crecían y se achicaban; unas seguían a la parroquia y otras hacia el Molino de Valdez, pasando por la casa del obispo Palafox (hoy Colegio Saviñón). Llegando a la parroquia, entraban al baptisterio y retrocedían para comenzar de nuevo la travesía.
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Nadie se atrevía a dar opinión sobre el asunto, pues podría exponerse ante el Santo Oficio, pero algún bachiller instruido sugirió el uso de agua bendita, rosarios y cosas parecidas. Leyenda compartida por Magali López.
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Averiguaron que esas nubes eran las almas de Sebastián Cardoso, a quien se le sorprendió que escupía el suelo a la hora de la elevación del cáliz y la hostia; de Blanca Rodríguez, Blanca Enríquez, Violante y Beatríz Rodríguez, Esabel y Helena de Silva, Justa Méndez y otros. Sus alaridos reclamaban: ¡Tú nos quitaste la fe de Cristo! ¡Tú nos enseñaste la Ley de Moisés! ¡Maldita sea, por ti sufrimos! Volviendo su cara el cielo imploraban por la absolución de sus pecados y confesaban sus culpas. Estos gritos duraban hasta que se desvanecía la aurora.
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Don Francisco Fernández del Castillo nos relata esta historia y yo la encontré en un viejo libro llamado México en el Tiempo, de Roberto Olavarría y editado en 1946.
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Nota: esta leyenda fue enviada por Magali López.
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viernes, 9 de marzo de 2012

Mitos y leyendas del Altiplano: Auroras boreales


AURORAS BOREALES EN EL NORTE DE MÉXICO
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Testimonio escuchado en algún lugar donde colindan los estados de
Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí y Zacatecas
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—Mire que hay cosas que uno no se puede explicar porque no sabemos qué son –anticipa don Ramón Maldonado, un campesino como de 85 años de edad, radicado en el municipio de El Salvador, Zacatecas–. Se lo cuento porque luego unos dicen que son cosas que de fantasmas, que del diablo, que de Dios y que hasta de los marcianos –ansinita mero decían antes, que de los marcianos. Esto que le voy a platicar a mí me tocó verlo cuando estaba chiquitillo y vivíamos allá por los rumbos de San Jorge, y no nomás a mí me tocó verlo sino que a muncha gente también.
Sí sabe usté de los cometas, ¿vedá? Bueno, eso que veíamos en el cielo no eran cometas, eran luces que se movían de un lado a otro, ansina como borniándose. Haga de cuenta que ya en la noche, de esas noches sin luna, en el cielo, hacia el norte, salían luces de colores que bailaban, sí, haga de cuenta que bailaban. ¿Qué serían? Vaya usté a saber. (Testimonio recopilado por Homero Adame.)
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—Han de haber sido lo que en ciencia se llaman auroras boreales –le digo a don Ramón–. Se sabe que muy al norte, cerca del Polo, se dan esos fenómenos de luz, pero es raro, muy raro, que se vean hasta acá. (Historia recopilada por Homero Adame.)
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—Ah, mire… Entonces son cosas de la ciencia. Pero de esto que le cuento fue nomás una vez, cuando yo estaba chiquitillo y pastoreaba cabras.
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—¿Cómo cuántos años tendría usted entonces?
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—No, ¿pos qué será?, como unos diez.
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—¿Y cuánto tiempo duró eso que veía?
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—Duraba muncho rato. Yo creo que toda la noche hasta el amanecer, pero no nos quedábamos mirando eso porque nos recogíamos temprano; sí, antes la gente se recogía temprano. (Relato recopilado por Homero Adame.)
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—¿Y fueron varios días?
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—Sí, yo me recuerdo que sí. ¿Qué habrán sido? A lo muncho una semana y luego ya no volvimos a mirar esas luces en el cielo.
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—¿Y de qué color se veían esas luces?
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—Me acuerdo que eran varios colores, que rojos, que amarillos, que verdes y todo el cielo hacia acá el norte se miraba muy bonito.
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—Oiga, ¿y las chivitas no se ponían más locas?
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—No. Ya ve que ellas campean de día y en la noche uno las mete a los corrales o se echan a dormir en el monte. Por eso no podría decirle si con aquellas luces se pusieran más locas. Los perros sí se daban cuenta y le ladraban a las luces en el cielo; de eso sí me acuerdo.
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—¿Y por qué cree usted que la gente pensaba que era cosa de los marcianos?
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Pos habrá sido por “falta de ignorancia”, creo yo. Es que ya ve que cuando uno no se puede explicar algo, pos le echa la culpa a los fantasmas o a las brujas o a lo que sea, y como eso se miraba en el cielo, pues créibanos nosotros que era cosa de los marcianos; sí, eso decían las gentes mayores.
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—¿Y las gentes mayores habían visto algo así antes?
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—Me parece que sí, pero no me acuerdo bien. O sea que decían que era como los cometas que luego vienen de vez en cuando.
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Nota: las imágenes de auroras boreales fueron tomadas de dos sitios de Internet, Arteleku y Euroexpress. Que los enlaces sirvan de crédito a sus autores.

domingo, 4 de marzo de 2012

Mitos y leyendas de la Huasteca: La sirena de Tamiahua

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LA SIRENA DE TAMIAHUA (la ninfa de la Huasteca)
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Leyenda de Tamiahua, Veracruz
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Ésta es la historia de Irene, hija del finado Abundio Saavedra Rosas y de Demasía González Corona, quien vivía con su madre en un pintoresco pueblecito huasteco llamado Rancho Nuevo, entre Tampache y la hacienda de San Sebastián, en el municipio de Tamiahua en el estado de Veracruz. Irene era una joven hermosa de tez morena, ojos aceitunados y larga cabellera negra. Madre e hija eran muy creyentes y devotas de la fe católica, que seguían al pie de la letra, así como de todos los usos y costumbres de la misma.
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Un día Jueves Santo, allá por los años de 1900 -1920, en plena Semana Santa –que eran días de vigilia o de guardar Irene– había ido a traer leña por el rumbo de Paso de Piedras (leñar es un acto prohibido en estos días). Regresó donde su madre y le dijo: “Ma, yo ando muy sucia y polvienta, que me dan ganas de echarme un baño”. Su madre le contestó: “No, hija, te condenarías. En estos días no debemos agarrar agua, mucho menos bañarnos”. Pero Irene le contestó: “Ay, ma, Dios me perdone pero yo aunque sea me voy a lavar la cara”. Tomó un guacal con dos hojas de jaboncillo y se fue rumbo al pozo a lavarse la cara.
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De pronto, su madre escucho unos gritos de angustia. Era Irene quien gritaba: “¡Ma, ma, ayúdame! ¡Ma, ma, ayúdame!”. Luego, sus gritos se convirtieron en un triste cántico como de lamento.
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Allí junto al pozo se levantó una gigantesca ola e Irene empezó a convertirse en otro ser, su boca como de pez, sus ojos más grandes, su negra cabellera y su piel se tiñeron como de rojo. Y lo más cruel fue que sus piernas desaparecieron, formándose debajo de la cintura una cola de pez, babosa y con escamas. La ola arrastró su cuerpo por el río rumbo al mar. Los lugareños la siguieron en pequeñas lanchas hasta la laguna. Cuando estaban a punto de alcanzarla, se apareció un extraño barco viejo, destrozado y feo. De pronto, Irene saltó hacia él, mientras esbozaba una sonrisa burlona y cantaba de forma macabra “Peten ak, peten ak” (giren, giren o circulen, en huasteco; hoy en día se dice petenera) para reunir en derredor de ella a toda la especie marina. Y así desapareció de la vista de todos.
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Desde aquel entonces, su vieja y cansada madre cada Jueves Santo iba hasta la playa con la ilusión de volver a ver a su hija Irene. Sólo cuentan los pescadores que cuando oyen sus fúnebres cantos, se alejan del lugar porque aquel que la vea sufre desgracias, ya que Irene la sirena se convierte en una rubia y hermosa mujer de dulce vos y prominentes pechos. Se dice que algunos pescadores han muerto cuando la han visto, porque al acercarse miran un ser espectral y horroroso que dicen que les voltea las lanchas y embravece las olas hasta matarlos.
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Versión popular publicada en el libro Cuextecatl volvió a la vida, de José Reyes Nolasco, y enviada por el autor para publicarse en este blog.

viernes, 2 de marzo de 2012

Mitos y leyendas de San Luis Potosí: San José, protector de sus devotos

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SAN JOSÉ, PROTECTOR DE SUS DEVOTOS

Leyenda de Villa Hidalgo, SLP
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Entre los relatos que por aquí se escuchan, existen desde luego también los que refieren hechos milagrosos del santo patrono del pueblo, el Sr. San José, quien sabido de que muchos seres humanos en algunos casos pueden recuperar su salud, pero en otras ocasiones son definitivamente llamados a la presencia de Dios, se esmera en que por lo menos todo aquel que ha mantenido su fe y su devoción en él, no deje este mundo sin el auxilio de un sacerdote.

Corrían así los años cuando Villa Hidalgo era aún vicaría de la parroquia de Armadillo, que lo siguió siendo hasta 1906. El señor Carlos Martínez, fiel devoto de San José y compadre del párroco del Armadillo, se hallaba muy enfermo y ya en agonía; lo único que podía dar el consuelo a su familia y al enfermo mismo era que por lo menos pudiese recibir el sacramento de la extremaunción, cosa que parecía imposible, pues las fuerzas del enfermo comenzaban a flaquear y traer al párroco desde El Armadillo significaba una jornada a caballo durante la noche y el retorno hasta el día siguiente, con la posibilidad, además, de que el párroco anduviera cumpliendo con su ministerio por otro rumbo de su extensa parroquia y no pudiera atender de inmediato aquel llamado. Simple y sencillamente todo indicaba a que el enfermo se iba de este mundo sin aquel auxilio tan reconfortante para él como para los que aquí se quedaban rogando por su alma.

De pronto se escucharon unos toquidos en la pequeña ventana de madera de mezquite de la casa del enfermo. Era el sacerdote que llegaba directo desde El Armadillo, tras haber sido avisado por un humilde hombre de barba y sombrero, de las condiciones en que se hallaba su compadre. Los de la casa se preguntaban quién pudo haber sido aquel hombre que avisó al sacerdote en tan corto tiempo, simplemente a nadie se le había pedido o encomendado aquello, mucho menos a alguien desconocido, pues el párroco conocía a todos sus feligreses y aunque el rostro de aquel hombre que desapareció en cuanto le comunicó la noticia que llevaba, le parecía familiar y le inspiraba confianza, simple y sencillamente estaba seguro que jamás lo había visto por estos rumbos. Únicamente recordó su apacible voz y la humilde vestimenta en inusuales colores amarillo y verde. Fue entonces que vino a su memoria el rostro de la imagen frente a la cual tantas veces había orado durante sus visitas a la capilla de San José de Picachos.
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Esta leyenda fue publicada en el libro Picachos, Villa Hidalgo, S.L.P. Monografía y recuerdos, de José Rafael Barboza Gudiño. Universidad Autónoma de San Luis Potosí. SLP. 2011.

Se ha publicado en este blog con autorización del autor.