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viernes, 9 de septiembre de 2011

"El peregrino" - relato en el libro 14 voces por un real

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El peregrino
Relato de Homero Adame en su libro 14 voces por un real
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—Áaamonoos. Destino Real de Catorce. ¡Última parada en Cedral! –grita a todo pulmón el conductor del autobús que puntual cada año hace el mismo viaje repleto de peregrinos.
—Siempre igual. A este chofer lo conozco de hace muncho tiempo y grita igualito cuando nos lleva al Real de Catorce –dice un pasajero a su compañero de asiento–. Usté es nuevo, ¿vedá? Sí, me lo afiguraba. Yo tengo más de una docena de años de hacer este viaje y nunca lo he vido antes.
Van dos hombres sentados uno al lado del otro. El primero tiene como setenta años de edad, es bajito de estatura, de piel morena, curtida por el sol y cabello entrecano; viste ropa de mezclilla desgastada, con chamarra gruesa, sombrero y huaraches. El otro es un hombre de unos cuarenta y cinco años, moreno también, pero más alto; viste ropa moderna y de colores: chaqueta verde, camisa amarilla, pantalones azul marino y tenis.
Entre el rumor del motor, el traqueteo del vetusto camión, los ronquidos de uno que otro desmañanado y la música ranchera del radio, sobresalen el grito de un chiquillo inquieto y los cánticos de los adultos quienes se encuentran ansiosos de llegar para cantarle las mañanitas a San Francisco, que este 4 de octubre celebra su santoral.
«♪♪♪ Vamos peregrinos/ ya estamos por llegar/ que a nuestro santo hemos de adorar... ♫♫♫.»
—Muy bonito, mi amigo –continúa diciendo el viejo, en una suerte de monólogo, sin casi permitir que su compañero le responda–. Todos cantan antes de llegar. Hay que afinar la garganta. Usté sabe.
“Yo tengo munchos años de venir. ¿Es su primera visita? Le va gustar, le va gustar. Primero hay que subir el cerro, luego cruzar el túnel. Muy asombroso, el túnel. Ya verá cómo le va gustar.
“Antes era distinto, cruzábanos el túnel en mueble. Ya no. Ora es muncho el gentillal que viene que luego no se puede pasar más que caminando. Sí, mi amigo, las cosas cambian, pero el fervor a San Panchito es igual de fuerte. Eso no cambia. No, señor.
El ánimo general decae un poco cuando la aurora empieza a despuntar. Ha sido largo el viaje. Hace diez horas salió el autobús del pueblo y ya van por los rumbos de Cedral, donde hizo la última parada para cargar gasolina y que los pasajeros bajasen al baño.
«Traca, traca, traca» –suena y se bambolea el camión cuando toma el camino a Real de Catorce. Ha disminuido la velocidad porque ahí no se puede circular más veloz debido a la subida y al empedrado. Aunque lo cierto es que el autobús está tan viejo que tampoco se le puede pedir que vaya más fuerte.
—Ándele, ya vamos a llegar. Un ratito d’empedrado y luego en La Luz nos apeamos del mueble pa’ treparnos en uno de redilas que nos lleve hasta’l túnel. Son como cuatro o cinco kilómetros de subida bien disgraciada, y luego dos del túnel. No’mbe, las viejas ya no aguantan tanta friega. Imagínese, diez horas apoltronados en este camión... los huesos s’entumen. Como dicen los muchachos di ora: “Hasta la raya se te borra” ¡Ah chamacos caranchos, cada cosa que sacan!
“¿Tiene familia? Yo tengo cuatro muchachos y dos chamacas. Ya están grandes. No les gusta venir. Dos se fueron pa’l otro lao. Una vive por el rumbo de Tampico, y el resto están ocupados con sus chambas. No les gusta el rancho tampoco. Cuando estaban chiquíos sí los tráibanos, pero desde que faltó su madre –que descansando en paz esté mi vieja– se desbalagaron.
“¿Por qué no trajo a su vieja? Ah, es ésa qu’está con aquea otra señora. Su suegra, ¿vedá? Me lo imaginaba. Desde que se treparon supe qu’eran nuevos ustedes. Les va gustar, ya verá. Muy bonito el pueblo. Y muy milagroso San Panchito, ¡eso que ni qué!
“Le voy a platicar. Cuando mi vieja se puso mala yo le prometí una manda a San Panchito. Y mire que me la cumplió. Mi mujer –que Dios la tenga en su santo reino– me duró siete años más, pero cuando ya ni la fe pudo hacer nada, pos se murió. Sus últimas palabras que me dijo fueron: «Ay Chemo, nunca dejes d’ir a ver a San Francisco. Ve siempr’en su mero día, préndele una vela, reza por mí, por los tuyos, y pídele nos dé descanso». Yo le prometí y no le fallo, hasta que Dios me dé licencia.
“¿Usté cree en los milagros, mi amigo? Sí, me lo afiguraba. Desde que lo vi supe qu’eran gente de fe. No, mi amigo, ya verá... Hay un cuarto en el templo requetelleno de mandas, regalos, oraciones, votos de agradecimiento por los milagros concedidos y munchas otras curiosidades. ¡Muy milagroso San Panchito... muy milagroso! Usté namás pídale y él cumple. Pero hay que pagarle la manda, eso sí, porque luego hay cada pelao que namás quiere pa’ su lado, y luego no cumplen. A esos luego se les retacha la cosa. San Panchito no es rencoroso, pero hay que cumplirle, sí, señor.
“Y ¿a qué se dedica usté? Ah, muy bueno, todo trabajo es bueno. Yo tengo unas chivitas y siembro maiz y frijolito. La vida es dura, pero nos da lo necesario. Este año la seca estuvo ni pa’ qué le cuento. No saqué ni pa’ la semía. Pero Dios siempre nos ayuda. Le prometí a San Panchito que nos echara una manita con la siguiente siembra y ya ve, ya nos llovió. Se va a poner bueno, el campo está rechulo, verde verde p’onde usté mire. Pa’ diciembre –Dios no quiera que nos caiga una helada tempranera– voy a levantar buena cosecha. Pero mire, pa’ poder venir y cumplirle a San Panchito –ai le traigo unas semillitas y unas candelas–, tuve que vender dos chivitas. Ni modo, una promesa es una promesa.
“Ah, ora sí, ya llegamos. Menos mal que no se nos ponchó una llanta. No’mbe, el año pasado nos quedamos tirados y ya no pudimos llegar pa’ las mañanitas. Las tocan a las meras seis, cuando suenan las campanas. Se pone muy bonito. Sí, tuvimos que caminar, siempre cuest’arriba del cerro, y llegamos tarde, pero llegamos. Eso es lo importante, digo yo, ¿no?
—A las cinco regresamos. No olviden nada en el camión. A ver, bájese con cuidado. Agarren a ese niño. A las cinco, sí, nos vamos a las cinco –explica el chofer a los pasajeros del viejo autobús que viene repleto, pero ninguno parado.
—Ora hay qu’encaramarnos como becerros en este camión porque ya no dejan que los muebles de pasajeros suban hast’arriba. Es que se pone muy duro el mequetreque allá. Pero ya falta poco, unos tres o cuatro kilómetros, creo yo. Antes llegábanos hasta’l túnel, ora ya no. Es un gentillal bruto que hasta parece hormiguero. Pero qué bueno, ¿no? Así el santito se pone más contento y cumple más milagros.
—¡Epa, nomás no empujen! –grita a todo pulmón el chofer del otro camión–. A ver, dele la mano a esta señora. Así es. Su bolsa, señora. ¿Ya quedó? Ora sí voy a cerrar la redila. Cuidado, no meta las manos, chamaco travieso éste, porque se las machuco. Ora sí, ámonos.
—Es l’único malo del viaje, pero aguanta –continúa el viejo con su monólogo–. Afigúrese, hay unos que llegan en tren a la estación Catorce y de ai tienen que subir todo el cerro. Eso sí está bien carancho. Pero eso no es nada, hay otros que se avientan dos o tres días caminando desde quién sabe dónde, trepando y bajando cerros, cruzando el desierto y qué sé yo. Lo qu’es la fe. ¡Cómo habrán de llegar ampollados de las patas!
«Traca, traca, traca...». El camión de redila sube la cuesta a vuelta de rueda, donde el empedrado se antoja más pesado. Las vistas panorámicas del valle son impresionantes, pero los pasajeros casi no ven nada, no por que esté oscuro, pues de hecho ya clareó la mañana y de un momento a otro saldrán los primeros rayos del sol, sino porque todos están apretujados entre sí y cubriéndose del frío con pañoletas, sombreros, pasamontañas o lo que sea.
—Ya merito, namás damos vuelta al cerro y llegamos. Tá frijolito, ¿vedá? Nos pegó el cordonazo de San Francisco. Mire qu’este año nos llegó temprano. Eso es bueno porque no v’helar antes de levantar la cosecha. Mire qué bonito cuando raya el sol, ¿vedá? Lo bueno que ya pusieron luz en el túnel. Antes había qu’entrar con tea. Ya llegó la modernidá.
—Con cuidao. Apéense con cuidao –indica el chofer del camión a la gente que viajó el tramo de pie, apretujada y dándose calor para mitigar el frío matinal–. Déme la mano, señorita, apóyese aquí. Eso es. ¿De quién es ese morral que se quedó ahí? Ándele, no ande dejando nada, porque yo no respondo.
—¿Qué horas trae? Ah, bueno, vamos a llegar a tiempo. En media hora cruzamos el túnel. Hay qu’ir en grupo, pos luego dicen que hay ladrones ai dentro. Nunca faltan; están en todas partes. San Panchito luego anda tan ocupado que no nos puede defender de los robachicos –prosigue el viejo diciéndole al que fuera su compañero de asiento.
“Ah, buenos días, señora. Sí, yo y su marido hemos venido platicando muy a gusto... Le digo que hay qu’irnos juntos porque le decía a él que luego roban en la oscuridá. Pero andando en bola los rateros ni se arriman.
“[...] sí, como le decía, Real de Catorce fue un pueblo muy rico. Ahora ya está en ruinas. Quesque asustan, no’mbe... mentiras. Asustan los vivos; esos sí. ¿Usté cree en los espantos? Yo no, pero le voy a platicar: una vez allá por el rumbo de mi rancho se oyó a La Llorona gritar junto al río. Los animalitos s’encabritaron y una señora se arrendó di a tiro que hasta perdió el crío que llevaba dentro. Sí, se puso retemala y la llevaron con el dotor y nada. La barrieron d’espanto y nada. Mi vieja, que todavía vivía –Dios la guard’en su bendito seno– la encomendó a San Panchito. La trajimos aquí una vez y como al año se curó. Misterios que pasan. Pero San Panchito es muy milagroso, sí, muy milagroso.
«♪♪♪ Señor San Francisco/ te aclamo al llegar/ con todo mi corazón/ te vengo a felicitar –cantan las personas que a paso lento caminan entre las penumbras de la trémula luz dentro del túnel–. Minas de Santa Ana y de San Miguel/ de Santísima Trinidad y San Ramón/ de San Agustín, Santa Eduviges y San Jerónimo/ a esta tierra vida dieron/ pero tú, divino San Francisco/ a tu pueblo le mantienes el ánimo.
“Minas Veta Grande y de Guadalupe/ también la de Dolores/ y la del Padre Flores/ caminos que recorremos/ nosotros pecadores ♫♫♫.»
—Ah, ya se ve la luz del otro lado del túnel. Se mira raro, ¿vedá? Poco falta. Este túnel también tiene su leyenda. Resulta que platican que hace no sé cuántos años venían un montón de peregrinos caminando ansina, como nosotros, y que s’empezaron a quedar tirados. Se murieron... sí, se murieron. Hay quien dice que fueron más de mil, pero yo no sé con esatitú. Croqu’en esos años dejaban que los coches entraran, junto con los caminantes, y pos luego el gas de los motores acabó con el aire bueno y eso mató a la pobre gente. Ha de haber sido muy triste, pero estoy seguro que San Panchito les mostró el camino al cielo porque venían ellos a visitarlo a él, ¿vedá?
«Tan, tan. Tan, tan...» –tañen las campanas a lo lejos.
—Ah, la primera llamada; vamos a llegar a tiempo. Qué bueno porque los peregrinos que llegaron desde ayer no esperan. Ellos cantaron toda la noche, y bailaron las danzas y pastorelas también. Los grupos que vienen de otras partes traen su pastorela y se pone rebonito. Se me hace qu’el año entrante me vengo desde unos días antes, al cabo tengo quien me cuide mis chivitas. Y lo más bonito pa’ mí es venir a darle mi devoción a San Panchito y...
«♪♪♪ Señor San Francisco/ ya te vengo a visitar/ hasta tu Divino Templo/ dame licencia pa’ llegar... ♫♫♫» –cantan con mayor ahínco los peregrinos una vez que salen del túnel y ya ven la torre de la iglesia.
«Tan, tan. Tan, tan» –repican de nuevo las campanas que ya se escuchan a tiro de piedra, un poco ensordecidas por el grito constante de los muchos vendedores que desde días antes instalaron sus puestos a todo lo ancho del estacionamiento y a lo largo de la calle principal.
—Ya oyó. La segunda llamada. Ya estamos aquí. Bueno, que se diviertan. Por ai nos miramos. Si tienen tiempo vayan al panteón o a la mina, o a la plaza si no quieren caminar muy lejos. ¿Yo? No, yo ya estoy muy viejo par’esos trotes. Yo me quedo todo el rato en el templo. Me gusta contemplar los dibujos que la gente ha dejado, y nunca olvido rezar un misterio frente al retablo que dibujó mi mujer con sus propias manos. Es l’único d’ella que siempre vive aquí en el Real de Catorce. A veces no sé si vengo a ver a San Panchito o pa’ ver la cosa ésa de mi esposa. Tan guapa qu’era pa’ todo, mi mujer...
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Este relato salió publicado en mi libro 14 voces por un real, que ganó el Premio 20 de Noviembre en narrativa, 2004.
Puedes ver extractos de las otras voces en este enlace:

También puedes leer una reseña del libro siguiendo este otro enlace:

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