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martes, 17 de mayo de 2016

De cuando el De Efe dejó de existir para convertirse en CDMX

CDMX: el Distrito Federal ya no existe

Por Homero Adame

Me ausento del país algunos meses y, cuando regreso, caigo en cuenta de haberme convertido inopinadamente en un ex ciudadano; y, aparte, nadie me cree que soy quien soy. Ni siquiera se me considera un don nadie, que parece ser peor que no ser ni siquiera un fulano equis. El funcionario de Inmigración —típico tipo chambón, limitado de criterio— apostado en el aeropuerto de la históricamente capital del país (aeropuerto con nombre del gran héroe, según la historia oficial y sus oficiosos —léase, lambiscones— seguidores) no sólo me ve con suspicacia, odio o rencor, sino que les pide a sus subalternos que me lleven al cuartillo de los acusados hasta que venga el delegado de Gobernación y aclare mi situación legal o ilegal en el país o, lo que es peor, verifique mi existencia.

Pasan las horas, casi aislado entre casi cuatro paredes —y digo casi en dos sentidos: porque las paredes son de vidrio y porque, en otros mini cubículos con luz igual de trémula, sin cafetera ni servicios —ni bacinica siquiera—, hay otras personas también aisladas de su realidad o de lo que, como yo, creen que es la realidad. Se les ve tan nerviosas como seguramente me veo yo.

Esas personas, viajeros como yo, seguramente hace pocos o hace varios meses salieron del país en viaje de placer, de estudios, de negocios… ve tú a saber qué. Y ahora que regresan, ciertos funcionarios sin criterio les hacen ver que son unos apátridas o despatriados, ciudadanos sin origen. Eso desconcierta porque, aunque no es bullying propiamente dicho, te hace sentir lo que siempre has sido, aunque tu exaltado ego crea lo contrario: un don nadie.

Uno se ausenta de la tierra donde le tocó nacer (decir “su patria” ha de sonar mega exagerado, porque ningún güey que tenga tantita inteligencia diría que daría su vida por “su patria”, o sea, México, tan lleno de zánganos de cualquier partido político y de narcos) y eso le hace alejarse u olvidarse de las pesimistas noticias por varias semanas. Por ello no se entera de que aquella ciudad llamada México, Distrito Federal —donde a muchos nos tocó nacer— dejó de existir como tal hace pocos meses y ahora es un estado o entidad federativa más de la República Mexicana.

Aunque en términos de equidad política eso es bueno —porque tendrá que apegarse a las reglas federales que le competan y recibir su parte equitativa de presupuesto federal—, esto nos trae a muchos de sus ex ciudadanos una crisis existencial: ¿dónde nacimos? O peor: si no sabemos de dónde venimos, menos hacia dónde vamos. Y si nos preguntan cuál es la capital de México, ¿qué respondemos? (Cuento de Homero Adame)

Precisamente esa fue una de las preguntas que me hizo el delegado de Gobernación, un tipo bastante segundón, cuando —todo sudoroso, apestando a loción barata, metido en su traje café y portando lentes oscuros para verse cursimente cool— se presentó en el cubículo donde me tenían apartado del mundo:

—Nombre.

Respondí y lo cotejó en mi pasaporte, visa, licencia de manejar, tarjetas de débito y crédito y credencial del INE.

—Nacionalidad. Fecha de nacimiento. Lugar de residencia.

Respondí todo adecuadamente, mientras el fulano desganadamente seguía cotejando mis credenciales y tarjetas, y trataba de desaparecer la caspa envaselinada en su saco.

—Cante el Himno Nacional…

A pesar de sentir que el siniestro regordete con bigote renegrido pretendía burlarse de mí, canté desafinadamente esa canción tan mal lograda y exacerbadamente nacionalista. Pero me la sé mejor que él, pues conozco el original: dije antros en vez de centros y el sudado funcionario de tercera ni cuenta se dio, como tampoco se ha dado cuenta de que la rancia loción que usa hiede peor que el perfume 7 Machos.

—Lugar de nacimiento.

—México, Distrito Federal.

—Capital de México.

—México, Distrito Federal.

El fulano me vio con cara de pocos amigos, hizo anotaciones en una libreta con un lápiz cuya punta remojó con su lengua blancusca, candidiosa, y algo susurró en un microchip que traía en la solapa llena de caspa de su traje color café burócrata, que ha de haber comprado hace como veinte años en una de esas pinchurrientas tiendas con nombre de ciudad italiana que tienen sucursales en las estaciones del Metro.

—CURP.

Carajo, ¿alguien sabe su CURP de memoria? Yo no, y eso al burócrata de cuarto nivel le hizo sospechar de mi ilegalidad, o confirmarla, según su constreñido criterio. Sonrió con sorna para sí, celebrando su triunfo. Algo dictó al microchip —también repleto de caspa— y, en breve, aparecieron tres gendarmes.

—¿De qué se me acusa? —le pregunté al imbécil que se rascaba una espinilla purulenta antes de que me esposaran, que no lo hicieron.

—De mentir y de ingresar ilegalmente a un país al cual usted no pertenece. Aparte de no saber su CURP, usted no nació en México, Distrito Federal, ni la capital de la República Mexicana es México, Distrito Federal. (Cuento de Homero Adame)

—¿Cómo?

—Ah, aparte de no saber nada de nuestra envidiable geografía, ya veo que usted no habla bien español, ¿o me equivoco?

What? ¿De qué me está hablando?

—Ah, aparte de creerse gringo, se hace el sordo. ¡Ajá!

—No, señor, creo que estamos en dos niveles de comunicación que no intersectan.

—¿Se mofa de mí y de mi capacidad intelectual?

—Con mucho gusto, pero antes ¿podría ser tan amable de explicarme eso de que la capital de México no es Distrito Federal, donde no coexistimos afortunadamente más que por un momento fortuito que, ojalá, jamás se repita?

—Bueno, nomás porque usted no parece ser talibán, ni de ISIS, ni del Mosad, ni Zeta ni comunista, y tampoco trae drogas, explosivos o contrabando en sus maletas —es más, parece ser un tipo serio y respetable, abuelo de familia, ingeniero jubilado—, lo voy a dejar libre para que se regrese a su país, sea cual éste sea, en lo de ya, porque las gentes así me caen de la patada.

»Y bien, para que le quede claro, usted está ahora en CDMX, el estado número 32 de la República Mexicana. El Distrito Federal no existe. No existe. Nadie sabe cuál es la capital de este país maravilloso, tan poblado de gente tan respetable como su servidor, o sea, yo. Sus documentos, en caso de haber sido fidedignos, ya están obsoletos. Esto de afirmar que el lugar de nacimiento es México, DF se ha convertido en un error histórico y, por eso, a usted se le podría acusar de falsificar documentos oficiales y le darían, por lo menos, qué será… por lo menos entre dos días o ocho años de prisión. Así que, mi amigo, regrésese a su país de origen, actualice sus documentos —aunque sea en una embajada o consulado mexicano— y luego venga a disfrutar de nuestras maravillas naturales, de nuestros desafinados mariachis, nuestro tequila, nuestros tríos de letargo, nuestras telenovelas que retratan nuestra envidiable realidad, nuestras carreteras tan inseguras, nuestros políticos tan del sistema, nuestra gente buena, generosa y hospitalaria, como su servidor, o sea, yo mismo.

»Y bueno, para que mis colegas lo escolten sin problemas a la ventanilla de alguna aerolínea con salida internacional en lo de ya y compre su boleto de regreso a casa en lo de ya, ¿qué le parece si me deja la morralla mexicana para los chescos? Al fin y al cabo, en su país ni sirve ni se la cambian. Usted sabe: uno tiene que repartir entre los subalternos y los jefes, además de llevar las gordas a la casa grande y también a la chica, je, je.

»Y bueno, mi amigo, así concluimos este escabroso asunto con carpetazo y todo queda en el olvido. Recuerde que nosotros los mexicanos somos amigos de los extranjeros que nos visitan. A usted no le hemos aplicado el artículo 33 porque, legalmente hablando, no ha entrado al país por el aeropuerto de México, Distrito Federal, porque no existe la mencionada ciudad. Así que buena suerte y que le vaya bien…

Nota final del autor

CDMX: Reflexiones de un ex ciudadado sobre su identidad es un cuento satírico sobre la crisis existencial que a un ex ciudadano —o a muchos— pudo ocasionarle el hecho de que el Distrito Federal dejó de existir a partir del 19 de enero de 2016 para convertirse en CDMX.

En el cuento se pregunta cuál es la capital de México, dando a entender que, si CDMX es ahora un estado de la República y un estado no puede ser capital de un país, ¿entonces?

Y como parte de su crisis existencial se pregunta: “¿Dónde nací, si el Distrito Federal ya no existe?”, agravando la angustia al imaginar que sus documentos oficiales carecen de validez.


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