Buscar en este blog

Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos tradicionales de México. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos tradicionales de México. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de enero de 2025

Cuento de Homero Adame: El último encuentro de los desterrados






."El último encuentro de los desterrados" es un cuento de Homero Adame que fue el ganador en el 2do Concurso de Cuento Corto convocado para el Onceavo Festival Cultural de Cerro de San Pedro, 2012.
.
.
.


Homero Adame tiene varios de sus libros en Amazon; libros de leyendas, de historias, de investigación, de folklore y novela. Puedes buscarlos en el siguiente enlace:

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Recuerdos de la nieve


"Recuerdos de la nieve" es un cuento escrito por Homero Adame que fue publicado en la revista potosina Poramoralarte, en su número 74 de enero de 2011.

martes, 17 de mayo de 2016

De cuando el De Efe dejó de existir para convertirse en CDMX

CDMX: el Distrito Federal ya no existe

Por Homero Adame

Me ausento del país algunos meses y, cuando regreso, caigo en cuenta de haberme convertido inopinadamente en un ex ciudadano; y, aparte, nadie me cree que soy quien soy. Ni siquiera se me considera un don nadie, que parece ser peor que no ser ni siquiera un fulano equis. El funcionario de Inmigración —típico tipo chambón, limitado de criterio— apostado en el aeropuerto de la históricamente capital del país (aeropuerto con nombre del gran héroe, según la historia oficial y sus oficiosos —léase, lambiscones— seguidores) no sólo me ve con suspicacia, odio o rencor, sino que les pide a sus subalternos que me lleven al cuartillo de los acusados hasta que venga el delegado de Gobernación y aclare mi situación legal o ilegal en el país o, lo que es peor, verifique mi existencia.

Pasan las horas, casi aislado entre casi cuatro paredes —y digo casi en dos sentidos: porque las paredes son de vidrio y porque, en otros mini cubículos con luz igual de trémula, sin cafetera ni servicios —ni bacinica siquiera—, hay otras personas también aisladas de su realidad o de lo que, como yo, creen que es la realidad. Se les ve tan nerviosas como seguramente me veo yo.

Esas personas, viajeros como yo, seguramente hace pocos o hace varios meses salieron del país en viaje de placer, de estudios, de negocios… ve tú a saber qué. Y ahora que regresan, ciertos funcionarios sin criterio les hacen ver que son unos apátridas o despatriados, ciudadanos sin origen. Eso desconcierta porque, aunque no es bullying propiamente dicho, te hace sentir lo que siempre has sido, aunque tu exaltado ego crea lo contrario: un don nadie.

Uno se ausenta de la tierra donde le tocó nacer (decir “su patria” ha de sonar mega exagerado, porque ningún güey que tenga tantita inteligencia diría que daría su vida por “su patria”, o sea, México, tan lleno de zánganos de cualquier partido político y de narcos) y eso le hace alejarse u olvidarse de las pesimistas noticias por varias semanas. Por ello no se entera de que aquella ciudad llamada México, Distrito Federal —donde a muchos nos tocó nacer— dejó de existir como tal hace pocos meses y ahora es un estado o entidad federativa más de la República Mexicana.

Aunque en términos de equidad política eso es bueno —porque tendrá que apegarse a las reglas federales que le competan y recibir su parte equitativa de presupuesto federal—, esto nos trae a muchos de sus ex ciudadanos una crisis existencial: ¿dónde nacimos? O peor: si no sabemos de dónde venimos, menos hacia dónde vamos. Y si nos preguntan cuál es la capital de México, ¿qué respondemos? (Cuento de Homero Adame)

Precisamente esa fue una de las preguntas que me hizo el delegado de Gobernación, un tipo bastante segundón, cuando —todo sudoroso, apestando a loción barata, metido en su traje café y portando lentes oscuros para verse cursimente cool— se presentó en el cubículo donde me tenían apartado del mundo:

—Nombre.

Respondí y lo cotejó en mi pasaporte, visa, licencia de manejar, tarjetas de débito y crédito y credencial del INE.

—Nacionalidad. Fecha de nacimiento. Lugar de residencia.

Respondí todo adecuadamente, mientras el fulano desganadamente seguía cotejando mis credenciales y tarjetas, y trataba de desaparecer la caspa envaselinada en su saco.

—Cante el Himno Nacional…

A pesar de sentir que el siniestro regordete con bigote renegrido pretendía burlarse de mí, canté desafinadamente esa canción tan mal lograda y exacerbadamente nacionalista. Pero me la sé mejor que él, pues conozco el original: dije antros en vez de centros y el sudado funcionario de tercera ni cuenta se dio, como tampoco se ha dado cuenta de que la rancia loción que usa hiede peor que el perfume 7 Machos.

—Lugar de nacimiento.

—México, Distrito Federal.

—Capital de México.

—México, Distrito Federal.

El fulano me vio con cara de pocos amigos, hizo anotaciones en una libreta con un lápiz cuya punta remojó con su lengua blancusca, candidiosa, y algo susurró en un microchip que traía en la solapa llena de caspa de su traje color café burócrata, que ha de haber comprado hace como veinte años en una de esas pinchurrientas tiendas con nombre de ciudad italiana que tienen sucursales en las estaciones del Metro.

—CURP.

Carajo, ¿alguien sabe su CURP de memoria? Yo no, y eso al burócrata de cuarto nivel le hizo sospechar de mi ilegalidad, o confirmarla, según su constreñido criterio. Sonrió con sorna para sí, celebrando su triunfo. Algo dictó al microchip —también repleto de caspa— y, en breve, aparecieron tres gendarmes.

—¿De qué se me acusa? —le pregunté al imbécil que se rascaba una espinilla purulenta antes de que me esposaran, que no lo hicieron.

—De mentir y de ingresar ilegalmente a un país al cual usted no pertenece. Aparte de no saber su CURP, usted no nació en México, Distrito Federal, ni la capital de la República Mexicana es México, Distrito Federal. (Cuento de Homero Adame)

—¿Cómo?

—Ah, aparte de no saber nada de nuestra envidiable geografía, ya veo que usted no habla bien español, ¿o me equivoco?

—What? ¿De qué me está hablando?

—Ah, aparte de creerse gringo, se hace el sordo. ¡Ajá!

—No, señor, creo que estamos en dos niveles de comunicación que no intersectan.

—¿Se mofa de mí y de mi capacidad intelectual?

—Con mucho gusto, pero antes ¿podría ser tan amable de explicarme eso de que la capital de México no es Distrito Federal, donde no coexistimos afortunadamente más que por un momento fortuito que, ojalá, jamás se repita?

—Bueno, nomás porque usted no parece ser talibán, ni de ISIS, ni del Mosad, ni Zeta ni comunista, y tampoco trae drogas, explosivos o contrabando en sus maletas —es más, parece ser un tipo serio y respetable, abuelo de familia, ingeniero jubilado—, lo voy a dejar libre para que se regrese a su país, sea cual éste sea, en lo de ya, porque las gentes así me caen de la patada.

»Y bien, para que le quede claro, usted está ahora en CDMX, el estado número 32 de la República Mexicana. El Distrito Federal no existe. No existe. Nadie sabe cuál es la capital de este país maravilloso, tan poblado de gente tan respetable como su servidor, o sea, yo. Sus documentos, en caso de haber sido fidedignos, ya están obsoletos. Esto de afirmar que el lugar de nacimiento es México, DF se ha convertido en un error histórico y, por eso, a usted se le podría acusar de falsificar documentos oficiales y le darían, por lo menos, qué será… por lo menos entre dos días o ocho años de prisión. Así que, mi amigo, regrésese a su país de origen, actualice sus documentos —aunque sea en una embajada o consulado mexicano— y luego venga a disfrutar de nuestras maravillas naturales, de nuestros desafinados mariachis, nuestro tequila, nuestros tríos de letargo, nuestras telenovelas que retratan nuestra envidiable realidad, nuestras carreteras tan inseguras, nuestros políticos tan del sistema, nuestra gente buena, generosa y hospitalaria, como su servidor, o sea, yo mismo.

»Y bueno, para que mis colegas lo escolten sin problemas a la ventanilla de alguna aerolínea con salida internacional en lo de ya y compre su boleto de regreso a casa en lo de ya, ¿qué le parece si me deja la morralla mexicana para los chescos? Al fin y al cabo, en su país ni sirve ni se la cambian. Usted sabe: uno tiene que repartir entre los subalternos y los jefes, además de llevar las gordas a la casa grande y también a la chica, je, je.

»Y bueno, mi amigo, así concluimos este escabroso asunto con carpetazo y todo queda en el olvido. Recuerde que nosotros los mexicanos somos amigos de los extranjeros que nos visitan. A usted no le hemos aplicado el artículo 33 porque, legalmente hablando, no ha entrado al país por el aeropuerto de México, Distrito Federal, porque no existe la mencionada ciudad. Así que buena suerte y que le vaya bien…

⭐ Nota final del autor

CDMX: Reflexiones de un ex ciudadado sobre su identidad es un cuento satírico sobre la crisis existencial que a un ex ciudadano —o a muchos— pudo ocasionarle el hecho de que el Distrito Federal dejó de existir a partir del 19 de enero de 2016 para convertirse en CDMX.

En el cuento se pregunta cuál es la capital de México, dando a entender que, si CDMX es ahora un estado de la República y un estado no puede ser capital de un país, ¿entonces?

Y como parte de su crisis existencial se pregunta: “¿Dónde nací, si el Distrito Federal ya no existe?”, agravando la angustia al imaginar que sus documentos oficiales carecen de validez.


Si te gustó este relato, el libro Viajes por México: un mundo plural entre fronteras de Homero Adame contiene varias crónicas de viaje. Está disponible en librerías y también en Amazon siguiendo cualquiera de los enlaces: 

Viajes por México: un mundo plural entre fronteras formato impreso:

https://www.amazon.com/dp/6072973140


Viajes por México: un mundo plural entre fronteras formato digital:

https://www.amazon.com.mx/dp/B0FQ4K9857




domingo, 5 de enero de 2014

Costumbres, cuentos y leyendas de Nuevo León: Los jicos



LOS JICOS

Costumbre, cuento y leyenda del Altiplano

Hay extraña una costumbre que es propia de algunas poblaciones altiplanenses del sur de Nuevo León, dentro de los municipios de Doctor Arroyo y de Mier y Noriega. Se trata de una especie de fiesta sin comparación, la cual se celebra de manera espontánea y tiene como base el compadrazgo.

       Todo surge de un fenómeno natural y poco frecuente que se da en algunas plantas, cuando dos frutas crecen juntas o pegadas, dígase dos tunas, dos elotes o dos calabazas, a las cuales regionalmente se les conoce como “jicos”. La costumbre consiste en que la persona que encuentra y corta los jicos se los regala a otra, y ésta queda comprometida a secarlos y reducirlos en harina y luego prepararla como dulce para después entregar la mitad del producto a quien se lo regaló. Al hacer esto, se realiza la fiesta y los dos amigos se convierten en compadres.

       ¿De dónde o cómo surge dicha costumbre? Nadie parece saberlo, pero hay una leyenda, que algunos ancianos narran a guisa de cuento, que bien podría darnos una pista.


      Hace muchos años, tantos que ya no hay quien recuerde cuántos, andaba una joven mujer huachichil en el monte cortando frutas. El tiempo de frío había llegado y era su obligación juntar provisiones para el largo invierno. Ella estaba embarazada y pronto iba a dar a luz. Como buena indígena, sabía que, de ser necesario, pariría sola, sin la ayuda de alguien, como lo habían hecho su propia madre y todas las otras mujeres de su aldea. Si le llegaba el momento andando sola en el monte, no debería haber problema.

       La época de tuna ya había concluido y era la fruta más preciada por los huachichiles. En eso, la mujer descubrió unos jicos de tuna en lo alto de una nopalera. Inútilmente trató de alcanzarlos con su mano; luego, buscó una vara larga o cualquier cosa que le ayudara, sin suerte alguna. Pensó en tumbarlos de una pedrada, pero eso hubiera hecho que las tunas se echaran a perder. Siguió intentando de muchas formas, incluso poniéndose en riesgo, hasta que pudo cortarlos con la mano. Para su mala fortuna, perdió el equilibrio y cayó entre la nopalera. Como nadie estaba cerca de ella para auxiliarla, no pudo moverse y quedó muy grave, tanto por el frío como por las heridas de las espinas. En la mañana, aún con vida, unos cazadores la encontraron y la cargaron de regreso a la aldea. Llevaba aferradas en sus manos las dos tunas, los jicos.

       Resulta que antes de morir, dio a luz a dos niños, algo al parecer inusual, al menos en esa aldea huachichil. Como el hombre de ella andaba de cacería con otros compañeros, la gente esperó su regreso para que él mismo decidiera qué hacer con los bebitos. Mientras tanto, éstos fueron entregados a dos mujeres para que los amamantaran.

       Pasó el invierno y el padre de los dos niños jamás regresó ―es posible que haya muerto durante una cacería―. Los gemelos hubieran crecido en la misma aldea de no haber sido por una circunstancia imprevista: hubo una lucha territorial entre huachichiles y xi’oi; a las mujeres y niños los llevaron a sitios seguros, lejos del campo de batalla. Fue así como los hermanos quedaron separados, al igual que los pobladores de aquella aldea, quienes con el paso del tiempo formaron dos o tres clanes distintos.

       Transcurrieron los años y varios clanes de la nación huachichil decidieron hacer alianzas entre ellos para crecer en número y unir la fuerza de sus guerreros con el propósito de hacerles frente a los enemigos de otras tribus o naciones. Para lograr las alianzas, era necesario desposar a los jóvenes de diferentes clanes, quienes no tenían inconveniente en hacerlo. Así, el jefe de un clan, y padre de dos hermosas doncellas, ofreció a sus hijas a sendos jóvenes guerreros. Como hubo muchos pretendientes, el hombre les dijo que las daría en matrimonio a los dos guerreros que trajeran las mejores ofrendas. Todos salieron en busca de algo para complacer al futuro suegro.

       Al tercer día, regresaron los pretendientes con sus ofrendas o dotes. Las exhibieron ante el padre de las doncellas para que tomara su decisión. No batalló mucho en hacerlo. Dio las manos de sus hijas a dos jóvenes que habían traído, cada uno por su lado, jicos de tunas, pues eso había sido algo excepcional. Encontrar jicos no es tarea fácil; encontrar dos jicos de una misma fruta es más difícil; que dos jóvenes hubieran llevado una ofrenda igual era algo por demás inusual, y por dicha razón el jefe del clan decidió de inmediato quiénes serían sus yernos.

       Lo que tal vez él no supo, ni los jóvenes tampoco, fue que ellos eran aquellos gemelos cuya madre murió cortando jicos. El destino los volvió a unir, ahora casados con dos hermanas.


Esta leyenda se publicó en 2008 en el libro  Mitos y leyendas de huachichiles por la Secretaría de Cultura del estado de Oaxaca como resultado del trabajo ganador del Premio Mito y Leyenda "Andrés Henestrosa", 2007. Ahora en 2024 el autor lanzó una segunda edición revisada y aumentada con material que recopiló tiempo después.


El libro está disponible en Amazon, tanto para formato digital (Kindle) como para impreso.

https://www.amazon.com.mx/Mitos-leyendas-huachichiles-Biblioteca-Homero/dp/6072933793/ref=tmm_pap_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=&sr=


Encuentra más leyendas de Nuevo León o de México en otros libros del investigador Homero Adame disponibles en Amazon, por ejemplo, accede a la coleccción en este enlace: Biblioteca Homero Adame : mitos y leyendas mexicanas.

O bien, ve directamente a uno de sus libros más recientes: Mitos y leyendas del norte de México.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Fiesta de Luz 2012 en San Luis Potosí: Xantolo

Este video es del evento de Fiesta de Luz que se proyectó en la Plaza de Fundadores de San Luis Potosí en diciembre de 2012. Todo el concepto del diseño fue hecho por técnicos de la Secretaría de Turismo del estado y estudiantes de Diseño Gráfico y de Animación de la Universidad Tec Milenio, quienes se basaron en un texto que escribí ex profeso. Dicho texto es el que aparece abajo del video.


XANTOLO

Texto original de Homero Adame


Es una tarde gris, no tanto por el color del cielo sino por los atuendos de la gente y el ambiente sombrío de las familias que están reunidas en el panteón, cada cual alrededor de las tumbas de sus difuntos; tumbas sin colorido ni cruces o imágenes cristianas, tumbas de tierra humildemente adornadas con las ofrendas consistentes en alimentos y bebidas, así como el humo de los inciensos. El ambiente es de seriedad absoluta, de reflexión; ambiente de tristeza. Los mayores apenas murmuran algo entre sí. No hay cantos ni rezos, sólo pensamientos de recuerdos; tampoco se escuchan llantos porque nadie acostumbra llorar. Solamente el viento produce ruidos con las hojas marchitas que ruedan por ahí. Ese silencio es por momentos interrumpido cuando se oye algún manazo que se le da a un niño inquieto. Sus padres de esa manera le piden sosiego, silencio y respeto, mucho respeto porque hoy es el Día de los Fieles Difuntos y la tradición indica que nada debe alterar su descanso.

       Así es la costumbre entre los nativos de la sierra Huasteca, los téenek o huastecos, quienes cada año puntualmente van a los panteones de sus aldeas o pueblos para recordar a los que han muerto. Pasan la noche en vela y todo el día siguiente junto a las tumbas, conviviendo con sus difuntos en silencio y a través de los recuerdos. La costumbre se ha mantenido inalterada desde sus orígenes, que nadie sabe cuándo empezó.
        Pero esta tarde sucede algo extraordinario, algo que trastoca las rutinas, la costumbre, la tradición. La gente se siente alterada y temerosa ante la aparición de un ser fantasmal, enmascarado, que anda bailando entre las tumbas. Se oye música, pero no hay músicos ejecutándola. La gente mira con incredulidad primero, asustada después, y huye ordenadamente del panteón. Es gente supersticiosa. Todos hablan entre sí, tratando de explicar lo que han visto. Unos deciden refugiarse en sus hogares hasta que se vaya el espíritu maligno, mientras que la mayoría acuerda ir en busca del sacerdote, el chamán, para contarle acerca de lo que han visto en el panteón y pedirle que haga algo para expulsar a ese espíritu de ultratumba, cuyo único objetivo ha sido el de alterar la armonía entre la comunidad, según han concluido los mayores.
        El chamán escucha intrigado el recuento de su gente. Sabe que existen numerosos espíritus que rondan en el monte, en las aldeas, en el panteón mismo, pero uno enmascarado que baila es inaudito; jamás había oído hablar de algo similar.
        “Vaya al panteón”, le suplica la gente al chamán, cuyo rostro se ve más serio que de costumbre, rostro de preocupación.
        El sacerdote acepta, pero antes de ir tiene que preparar algunas cosas, pues es posible que deba hacer algún ritual especial para ahuyentar al espíritu chocarrero. Entretanto, y por precaución, la gente va a sus casas para armarse con garrotes, hondas y piedras.
        Sale la comitiva rumbo al panteón, con el chamán al frente y la gente atrás, armada y asustada. Entran al recinto y no es sorpresivo para nadie que el ánima enmascarada siga bailando alegremente entre las tumbas, al son de la música rítmica pero espectral. El chamán se acerca con cautela; la gente lo sigue a prudente distancia.
        “¿Quién eres? ¿Qué quieres aquí?”, le pregunta el chamán al ánima, en lengua téenek.
        “¿Acaso no me conoces? Represento la alegría y he venido aquí porque ya me cansé de verlos a ustedes tan sombríos y tristes en estas fechas de recuerdos, como si la muerte fuera una razón de tristeza cuando debería ser todo lo contrario”, responde el espíritu.
        El chamán y el espíritu hablan por un buen rato, mientras la gente sigue atenta el curso de la conversación. En cierto momento, el misterioso ser enmascarado pronuncia unas palabras en una lengua que nadie entiende, excepto el chamán, quien comprende el mensaje y luego lo trasmite a los suyos. Les dice:
        “Este espíritu es Xantolo que quiere enseñarnos cómo honrar a nuestros muertos con estas danzas”.
        Debido a sus creencias supersticiosas y luego de haber oído al espíritu hablar, la gente piensa que más bien se trata de un chistoso que anda jugándoles una broma. Murmuran todos entre sí y uno de ellos se lo dice al chamán, quien con un ademán enérgico le pide callarse. Para entonces, el rostro del chamán ya no muestra señales de preocupación, pero sigue viéndose serio, como es su costumbre. Hace hincapié a su gente que Xantolo no es alguien de este mundo terrenal, nadie de carne y hueso, sino un espíritu benefactor como ya él mismo lo ha explicado.
        En eso, y de nueva cuenta, Xantolo dice unas palabras en aquel lenguaje desconocido para los presentes y de la nada aparecen más ánimas igualmente enmascaradas que también se ponen a bailar como si todo fuera una fiesta, y no un día para sentir y expresar tristeza. Advierten que las máscaras son como de ancianos, lo cual es interpretado como si representaran a sus ancestros. La música espectral suena más fuerte y rítmica y la gente empieza a moverse con cierto nerviosismo e incluso temor, pues bailar en un cementerio es, hasta ese entonces, considerado como una falta de respeto a los difuntos.
        El chamán, con torpeza porque jamás baila ni en las ceremonias, comienza a imitar los movimientos de Xantolo y de su séquito hasta unirse a esa danza con gran ánimo. Poco a poco la gente pierde sus inhibiciones y también se une a la danza. Quienes saben tocar música fueron a sus hogares por sus instrumentos y luego siguen las notas espectrales hasta aprendérselas.
        Ese día gris, de acostumbrada tristeza, termina con el crepúsculo bajo un ambiente de gran animación. El chamán y los habitantes del pueblo se retiran del panteón cuando, con la oscuridad, Xantolo y su séquito de danzantes se desvanecieron, no sin antes haberles dicho, en lengua téenek:
        “Quiero agradecerles a todos ustedes por haberme escuchado y aceptado terminar felices este día. Mi agradecimiento es también el de sus difuntos, quienes han disfrutado de la música y las danzas. Espero que este día jamás sea olvidado por ustedes y por las generaciones por venir porque celebrar a la muerte es un acto de júbilo”.
        Con el crepúsculo de aquella tarde diferente, Xantolo desapareció y los habitantes de esa aldea no sintieron temor. Acordaron ir a las aldeas vecinas para contar lo ocurrido y explicar las enseñanzas de Xantolo. Así lo hicieron, acompañados de los músicos que enseñaron a sus vecinos las melodías de esas danzas. Del mismo modo, los artesanos enseñaron a sus colegas cómo elaborar máscaras especiales que sirvieran para esas fiestas, máscaras que representaran ancianos.
        De tal manera se corrió la voz por todos los pueblos de la Huasteca, y a partir de entonces la gente ha seguido la tradición de organizar danzas con huehues enmascarados que bailan en las calles y en los panteones con singular alegría para divertirse, en vez de sumergirse en un momento de llanto y amargura.