Las tres ánimas
Había un hombre nahua que creció en los Estados Unidos
porque sus padres se lo llevaron desde muy niño y como querían aprender la
cultura americana no le enseñaron algunas tradiciones de su comunidad. Pasados
los años, este hombre regresó al pueblo en la Huasteca veracruzana a vivir su vejez; ya era un hombre cansado,
pero conforme con su vida porque había hecho una pequeña fortuna como para
poder construir una bonita casa y que su familia viviera a gusto en el pueblo
donde él había nacido. Las primeras semanas batallaron para aclimatarse, pero
la gente es muy amable con los suyos, con los de su misma raza, y aunque él no
hablaba muy bien el nahua, de todos modos lo aceptaron y aceptaron a la esposa y
a los hijos y sus parejas que no hablaban la lengua. Cuando llegaron las
fiestas de muertos, a esa familia se le hizo muy raro lo que la gente hacía de
poner altares para sus muertos. Ese primer año imitaron las costumbres y
pusieron su altar en memoria de los padres de él que ya habían fallecido en los
Estados Unidos. Esa noche velaron el altar con veladoras, flores de cempaxúchitl
y ofrendas como el pan de muerto, las mandarinas, las cañas de azúcar y unos
traguitos de ron que era lo que le gustaba a su papá. Fue una noche muy
agradable de recordar a sus muertos y contar historias familiares. La familia
se sintió feliz de participar en esa tradición y convivir con otros vecinos. (Leyenda publicada por Homero Adame).
Al año siguiente sucedió algo muy extraño porque hicieron el
mismo ritual y un altar muy similar del año anterior, pero de alguna manera,
cuando estaban en la velación, se vino un tremendo ventarrón que tumbó parte
del altar, volaron las flores y se cayó la copita de ron derramando el líquido
en el papel picado y al caer también una veladora casi ocurre un incendio que
pudieron apagar a tiempo. El hombre se quedó muy triste pensando que su papá o
su mamá ya no lo querían porque estaban enojados con él por no haber hecho algo
correctamente. Al día siguiente les platicó del incidente a unos familiares muy
mayores de edad y a nadie se le hizo extraño que hubiera ocurrido algo así. Le dijeron
que no se apurara, que no era un enojo de parte de los difuntos sino que, le
explicaron, los nahuas saben que toda persona en vida tiene tres espíritus,
tres ánimas, un ánima está en el corazón y cuando se manifiesta es muy bondadosa,
otra está en el cerebro y cuando se manifiesta es muy racional y la tercera
ánima está en el hígado y cuando se manifiesta puede mostrar enojo. Le dijeron
que, seguramente, en este segundo año durante la visita de los difuntos, cuando
estaban haciendo la velación, se manifestó el espíritu del hígado del papá o de
la mamá y como tenía algo de ira, entonces tumbó las cosas en el altar y casi
incendia la casita. Afortunadamente no pasó a mayores y entonces, ya con esa
información, el hombre dejó de preocuparse. Al año siguiente levantaron el
altar con ansiedad y con curiosidad de ver qué espíritu se manifestaría, esperando
que no fuera una manifestación enojada, sino alguna de las otras ánimas de su
padre o de su madre que venían para convivir en armonía con la familia.

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