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sábado, 19 de enero de 2013

Mitos y leyendas de San Luis Potosí: Una mujer convertida en piedra

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La mujer convertida en piedra
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Leyenda de Charcas, SLP
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¿Ya le platicaron de la mujer que se quedó convertida en piedra? [...] Bueno, esa mujer convertida en piedra está en Charcas a un lado de la carretera. Todo mundo ha visto esa piedra y sabe dónde mero está. Es una piedra grande que tiene la forma de mujer.
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La leyenda cuenta que era una mujer muy pecadora que escuchó la voz de Dios cuando ella iba caminando por ahí al lado del camino, y le dijo que ya dejara de pecar y que se portara bien. La mujer en vez de escuchar y aceptar las palabras de Dios se puso a decirle no sé cuantas cosas feas y como castigo quedó convertida en piedra.
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Ahora que vaya para Charcas pregúntele a la gente de allá de esa mujer convertida en piedra y verá que sí fue cierto. A lo mejor le dicen dónde mero está esa piedra y puede ir a verla y tomarle retratos con su cámara.
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Esta leyenda, narrada por el Sr. Luis Maldonado, del pueblo de Solís en el municipio de Villa de Guadalupe, fue publicada en la plaquette Leyendas del Festival del Desierto, en la colección “Cantera la Voz”, como parte del Programa de Fomento a la Lectura durante la Feria del Libro de Matehuala, 2005.
Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado. San Luis Potosí. 2005.
Recopilación: Homero Adame.
Edición: Mtra. Déborah Chenillo Alazraki.
Diseño: Beatriz Gaytán Reyes.

lunes, 14 de enero de 2013

Los huicholes (2da parte)



LOS HUICHOLES (2da parte)

Continuación del relato de Homero Adame publicado en su libro 14 voces por un real, obra ganadora del Premio “20 de Noviembre” de Narrativa, en 2004. Para leer la primera parte sigue este enlace:
Los huicholes (1ra parte).

—En las anécdotas de ustedes, ¿hay algunos peregrinos que no han cruzado esas puertas?
—Es muy peligroso y ahí se puede fracasar. Unos han regresado sin ver a Wawatsári.
—¿Cómo sucede este fracaso?
—Accidentes, cosas malas, Wawatsári se esconde.
—¿Qué piensan los demás huicholes de los que fracasaron?
—Un hermano no juzga. No hay sentimientos de nada. Uno toma las cosas como son; sabe que luego volverá a intentar.
—¿Qué hacen después de cruzar el lugar donde las nubes chocan, hay algunas ceremonias antes de entrar en Wirikúta?
—Nadie puede entrar a Wirikúta ni puede cazar a híkuri-venado sin estar limpio de todo. Primero hacemos la confesión y luego la purificación. Los cazadores (peyoteros) deben contar a todos sus aventuras con otras personas, desde que ya son mayores hasta el presente. Todos dan los nombres de las personas con quienes se han aparejado (tenido relaciones), y no importa que los esposos o esposas estén presentes. A los más viejos se les permite acortar los relatos porque si no se hace muy larga la cosa. Y a los chamacos no se les pregunta. Bueno, sí se les pregunta, pero no tienen nada que contar todavía.
—¿Y no se enojan los cónyuges si saben que su mujer o su esposo ha tenido relaciones con otros hombres o mujeres?
—Uno se encela, pero es parte de la purificación. Ahí tenemos que olvidarnos de resentimientos, corajes, celos, envidias. Si alguien no queda limpio de eso, su paso en el país del peyote será muy malo. Pero un huichol nunca se arrepiente, nomás acepta las cosas como son.
—¿Cómo se hace la ceremonia de confesión?
Maraakáme primero prende el fuego sagrado y todos se sientan en círculo, cerca del fuego. Luego todos los viajeros cuentan sus historias, sin olvidar nada. Maraakáme tiene en sus manos una soga y su muviéri (penacho de chamán); a sus pies tiene a Kauyúmari (el espíritu auxiliador del venado, representado con dos cornamentas) y el takwátsi. Entonces Maraakáme escucha las historias de cada huichol y hace un nudo en la cuerda por cada uno de nosotros. El primero que cuenta sus aventuras es el Tayaupá (representante del sol en la peregrinación) y luego los demás, de acuerdo a su jerarquía.
—¿Por qué hacen este rito de confesión?
—Es que el viaje a Wirikúta es muy arduo, y uno tiene que ir limpio de su pasado y de su carga sexual.
—¿Y cómo es la purificación?
—En la purificación todos los peregrinos ponen primero una mano en el fuego y luego la otra. Los más valientes brincan sobre las llamas. Las mujeres se alzan las enaguas para que el humo suba por entre sus piernas y se meta en ellas, para que queden limpias por dentro también.
—¿Nunca se queman?
—Nadie tiene por qué quemarse, pero si alguien no hizo su confesión correctamente, sí se quema y eso lo limpia.
—¿Qué hacen después de eso?
Maraakáme es el transformador, él que hace y deshace. Él enrolla la soga, ya llena de nudos, y la echa al fuego para que se convierta en cenizas.
—¿Cuáles son las peores ofensas entre ustedes?
—No tenemos castigos nosotros para nadie porque la confesión y la purificación en el fuego sagrado limpian los pecados. Pero cuando alguien se apareja con sus hijos o sus padres (incesto), o con los «españoles», los corremos de nuestro pueblo y su verdadero castigo será después de la muerte porque nuestros antepasados no olvidan.
—Dime, Camilo, ¿por qué mezclarse con los «españoles» es tan malo?
—Los «españoles» siempre han sido crueles con nosotros. Como ya te dije, se roban nuestras tierras y matan a nuestra gente. Pero esto viene de más atrás, de los días cuando llegaron los primeros blancos a estas tierras. Aquellos eran hombres malos que hacían esclavos a los huicholes, y a nuestros hermanos coras, tepehuanos y rarámuri, y a todos los dueños de estas tierras. En las peregrinaciones nuestros antepasados pasaban por Zacatecas y otras ciudades mineras, y los «españoles» los capturaban para hacerlos trabajar en las minas.
Wirikúta queda muy cerquita de las minas de plata, ¿no? Los huicholes tenían que viajar de noche, siempre alertas, pero muchas veces no tuvieron suerte. ¿Cuántos de nuestros hermanos nunca regresaron del viaje a Wirikúta? ¡Cuántos! Eso no lo hemos olvidado, es por eso que tenemos prohibido mezclarnos con los «españoles» de ahora, aunque no todos son malos y con algunos somos amigos.
—Entonces, una vez terminada la confesión y la purificación, ya pueden entrar a Wirikúta, ¿verdad?
—Todavía falta algo. Maraakáme toma otra cuerda y camina, de aquí para allá (derecha a izquierda), con el muviéri (flecha ceremonial con plumas de halcón) frente a todos los peregrinos. Los toca con las plumas del muviéri y hace un nudo en la soga. Esto es para que todos vayan juntos de un solo corazón. La cuerda es como la tripa del ombligo cuando uno nace (el cordón umbilical).
—¿Esa cuerda no se echa al fuego?
—¡Nunca! Maraakáme conserva la cuerda anudada todo el tiempo durante el viaje a Wirikúta, y al regreso es desanudada.
—¿Quién la desanuda? ¿Maraakáme?
—Cuando ya estamos de regreso, hacen un círculo todos los peregrinos y pasamos la cuerda dos veces alrededor de los hermanos. Cada uno de ellos deshace un nudo. Con eso termina el viaje y sabemos que la transformación de los peregrinos ha quedado completada.
—Bueno, regresemos un poco. ¿Qué hacen cuando entran en territorio de San Luis Potosí, o sea, antes de llegar al país del peyote? ¿Hay algo especial ahí?
—Todo el camino es especial. Pero ahí, en el hermoso desierto, llegamos a Tatéi matiniéri (los pozos sagrados de agua). Ahí viven nuestras madres porque el manantial es el agua de la vida. También cerquita viven Toimáyau (las madres de los niños).
“Entonces hacemos otra ceremonia. Maraakáme mete la punta de madera de su muviéri en algunos Tatéi matiniéri, remueve el agua y primero la avienta hacia las cinco direcciones del mundo y luego sobre los peregrinos. Después purifica el bule. Entonces todos nos lavamos y nos purificamos con el agua (que es en realidad el primer «baño» en muchos días).
“Cuando un huichol ha quedado lavado y fresco con esa agua, puede entonces ver el país del peyote; queda en el horizonte hacia donde el sol se levanta todas las mañanas. Luego Maraakáme pide que todos los peregrinos, uno a uno, vengan ante él. Cuando cada uno pasa, él le da a tomar toda el agua del bule y luego le dice que coma tortillas y galletas remojadas con agua sagrada. Cuando todos terminan de tomar agua y comer, nos ponemos en fila, ajiladitos, y juntos cruzamos Wakirikítema (la puerta de entrada a Wirikúta). Así entramos al sagrado jardín de los abuelos.
—El sagrado jardín de los abuelos, ¿dónde queda eso?
—Ah, ésa es la tierra que abarca todo el horizonte, mucho más allá de donde vive híkuri. Ahí hay dos montañas: Wirikúta (donde en realidad se caza al venado-peyote) y Tsinuríta (donde al parecer también crece peyote en las laderas). Tsinuríta es la imagen de Wirikúta como si la ves en un espejo o en un charco de agua limpia. En los picos de las dos montañas viven los kakauyarixí.
—Los kakauyarixí, ¿quiénes son ellos?
—Son los sobrenaturales, los espíritus de nuestros hermanos que ya no están aquí. Hay unos buenos y otros malos.
—Oye, Camilo, no habías mencionado Tsinuríta para nada. Me imagino que Wirikúta es más importante.
Wirikúta es más poderoso. Pero el más sagrado de los picos de Wirikúta es Unáxu (cerro quemado) porque ahí nació Tayaupá (el sol). Su imagen en la sierra de Tsinuríta es la montaña de Tatewarí (el gran espíritu del fuego). Tatewarí también tiene su montaña sagrada aquí en nuestras sierras, cerca del mar (la costa del Pacífico).
—¿Suben ustedes a Unáxu?
Tatewarí o Tamátsi Wawatsári (el venado principal o hermano mayor) enseña a Maraakáme. Le dice qué deben hacer los peregrinos. Muchas veces sólo Maraakáme sube a Unáxu; otras va acompañado por algún hermano huichol.
—¿Qué sienten ustedes cuando ven a Wirikúta en la distancia?
—Un huichol nunca habla de lo que siente, tampoco de lo que ve. Pero es muy hermoso. El rancho donde uno vive es muy feo, pero en Wirikúta todo es muy verde. Ahí uno come con satisfacción como a uno le gusta, siempre en medio de las flores más bonitas que hay en el mundo.
—Entonces, cuando llegan a Wirikúta empieza la cacería, ¿verdad?
—Hay que levantar los campamentos de cacería de Wawatsári primero.
—Los campamentos, ¿cuántos son?
—Depende de cuánta gente ha hecho el viaje. Pero casi siempre son dos, que quedan a medio día de camino entre sí. Depende de dónde se encuentre a híkuri.
“Cuando el campamento está listo, antes de empezar la cacería, los hikuritámete (cazadores de peyote) recogen palos y ramas secas de gobernadora para hacer las fogatas. El fuego es la comida de Tatewarí (gran espíritu del fuego), y siempre lo prende Maraakáme. Cuando el fuego arde, Maraakáme escoge un tizón rojo, el kupúri (alma, fuerza de la vida) de Tatewarí, y lo echa en una bolsa ceremonial que siempre lleva con él aquí, alrededor del cuello, cerquita del corazón.
—¿No se quema con el carbón?
—La bolsa es especial y el tizón protege al cuerpo y al espíritu. Un Maraakáme no se quema.
—¿Y qué hace con el carbón?
—Lo lleva aquí, cerca del corazón, porque es el kupúri de Tatewarí.
—¿Cuándo empieza la cacería?
—Después de que ya se prendió el fuego. Entonces todos caminamos lejos, muy lejos (que en realidad significa cerca, muy cerca), porque Maraakáme ya sabe que Tamátsi Wawatsári (el venado principal) los está esperando. Mientras caminamos, Tatutsí (personificación del bisabuelo), que es otro de los cazadores, toca música con su arco porque tenemos que hacer feliz a Wawatsári (el hermano mayor, venado-peyote), antes de su muerte que ya está cerca.
—¿Por qué dices que el peyote es un venado?
Híkuri no es nomás una planta, es también venado y maíz, y uno lo distingue por el color, ya que son cinco los colores sagrados del maíz entre nosotros: amarillo, azul, blanco, moteado y rojo. El azul es el más poderoso.
—Muy bien, entiendo. ¿Qué pasa cuando alguien encuentra el «venado»?
—Bueno, el primero que debe encontrarlo es Maraakáme porque él es el guía de su gente, él es el que lo puede ver con el ojo del espíritu. Entonces Maraakáme siempre va al frente de los cazadores, y cuando encuentra el venado, apunta la primera de sus flechas y la dispara. Nunca falla en enterrarla en el corazón (la corona) del híkuri más cercano. Si no pega en la mera corona, tiene que tirar otra y otra; nunca más de tres. Después usa el muviéri y con la mano la clava en la tierra, para que así sean cuatro flechas, una para cada rincón del mundo. Luego Maraakáme mira de cerca a híkuri. Cuando es de cinco puntas sabe que es un buen augurio, pues son los más bonitos y poderosos.
“Luego Maraakáme saca de su takwátsi (la canasta sagrada) las plumas para barrer a Wawatsári, porque su kupúri se escapa y Maraakáme tiene que detenerlo. También le echa sangre de algún animalito porque la sangre es vida.
—¿Cómo ve Maraakáme el espíritu del venado-peyote?
—Muy bonito. Es más bonito que el arco iris del cielo. Los rayos de su kupúri salen para arriba, pero Maraakáme los detiene con las plumas. Si kupúriuri se escapa, el híkuri no sirve y la cacería es un fracaso.
—Entonces Maraakáme protege al espíritu del venado. ¿Qué hace luego, lo corta?
—Antes Maraakáme habla con el kupúri de Tamátsi Wawatsári y le pide perdón por matarlo, pero le dice que en verdad no ha muerto, pues crecerá de nuevo. Todos los peregrinos repiten las palabras de Maraakáme, pidiendo perdón al hermano mayor y le entregan las ofrendas que le han llevado: (tabaco), agua de Tatéi matiniéri (de nuestras madres, las pozas sagradas), maíz, tamales y las plegarias.
“Después corta el híkuri en los gajos que tenga (cuatro o cinco) y Maraakáme mete las piezas en el yékwei (bule sagrado). Esto se repite en otros bules y con otras plantas que, para entonces, ya han cortado otros hermanos. Tiene que haber suficiente híkuri para que cada peregrino alcance un gajo para comer, pues es la carne del hermano mayor. Maraakáme come primero, tomando un gajo en sus manos, lo pone aquí en su cabeza, en la frente, en los ojos, en la boca y en el corazón antes de masticarlo. Luego cada peregrino recibe su gajo y hace lo mismo. Maraakáme le dice: “Máscalo bien, máscalo bien, porque así podrás ver tu vida.” Todos los hermanos toman su yekwé-te (bule de tabaco) y lo colocan cerca de las cavidades donde se cortó el híkuri.
—¿Todos llevan un bule?
—Se cubren con piel los bules, especialmente de huevos (escroto) de venado porque son los más poderosos. Todos los hermanos tienen uno.
—Cuando hay niños entre los peregrinos, ¿también a ellos les dan peyote?
—No, a los nunutsi (bebés) no. Pero cuando un chamaco ya tiene los tres años, se le hace una prueba. Si lo come con gusto podrá convertirse en Maraakáme, si no le gusta, puede que nunca llegue a ser un Maraakáme. Los matewáme (novicios) sí comen híkuri.
“El híkuri nos quita el hambre y la sed, cicatriza las heridas y previene las infecciones. Lo más importante es que restablece nuestro espíritu.
—¿Entonces todo el peyote es bueno?
—Hay otro híkuri, que llamamos tsuwirí (falso peyote). Ese crece también en Wirikúta y se manifiesta como verdadero híkuri a los que no se han purificado por completo. Ese tsuwirí es malo y engaña a la mente y al espíritu del huichol. Esto se lo tiene que decir Maraakáme a su gente para que tengan cuidado. Cuando ya todos lo saben, empieza la cacería. Todos se desbalagan solos entre el país del híkuri y saben que el híkuri se esconde bien, por eso tienen que estar muy alertas siempre.
“Cuando ya se ha ido cazando híkuri, la mayoría de los cazadores se dan regalos de él. Intercambian pedacitos o venados completos, que comen con agrado.
—¿Cómo cortan el peyote?
—Todo híkuri tiene que ser cortado y desenterrado con mucho cariño y cuidado. Nada se debe dejar tirado porque el espíritu se enoja y no permitirá que lo saquemos de su tierra. Al cortarlo no se saca entero, sino que se le deja la raíz para que crezca otra vez. El cazador lo corta y lo mete en su canasta y no permite que ésta toque el suelo, porque luego el híkuri se sale y ya no deja que lo metan de nuevo. Uno siempre tiene que pedirle una disculpa por cortarlo, y agradecerle por dejarse cortar. El espíritu del venado nos escucha, y sabe que todo está bien.
—¿Cuánto peyote cortan?
—Nomás el necesario. Cuando ya tenemos las canastas llenas, Maraakáme ordena regresar al campamento. Si alguien sigue cortando, le dice que termine de inmediato. No se debe tomar más de lo que uno necesita. El hermano mayor se puede enojar y puede hacer que el híkuri desaparezca, y se dan casos que los buscadores regresan a su rancho sin nada en las manos.
—¿Hacen más rituales después de la cacería?
—En la noche todos comemos híkuri para ver las bellezas del mundo y de la vida. A los matewáme se les protege de los conjuros de los brujos, pues aunque el venado es un espíritu protector, también uno queda abierto y vulnerable. Se hace un baile alrededor de la fogata. Nadie cuenta nada de sus visiones, lo único que se dicen es: “los colores son hermosos”, “el maíz brilla”, “el cielo bajó”, “el cielo y la tierra se han juntado”, “mi vida es fuerte”. Así somos los huicholes. Nadie habla de sus cosas.
—¿Todos tienen experiencias parecidas?
—Eso sí es difícil saberlo. Pero los peregrinos no ven lo mismo que Maraakáme, porque Maraakáme tiene experiencias diferentes de los demás. Él recibe instrucciones de Wawatsári para guiar a su pueblo, y también busca la manera de encontrarse personalmente con Tatewarí, pues ésa es la única forma de pasar al quinto nivel.
—¿El quinto nivel?
—Es el nivel más alto del espíritu. No todos lo logran.
—¿Son cinco niveles?
—Cinco.
—¿Cuáles son los niveles, cómo los puedes describir?
—Todos son diferentes. El quinto es el más poderoso. Ahí vive el espíritu en Wirikúta, su casa.
—¿Cuántas cacerías se hacen?
—Depende de la cosecha. Algunas veces en la primera cacería conseguimos lo necesario para nuestras ceremonias de todo el año en nuestro rancho, para toda nuestra gente. Entonces ahí nos detenemos y regresamos a casa. Pero si no hemos conseguido suficiente, hacemos más cacerías.
—Cuando terminan la última cacería, ¿regresan a casa inmediatamente?
—Los hikuritámete saben que es peligroso quedarse ahí.
—¿Peligroso?
Wirikúta se convierte en una visión. Kakauyaríxi (los sobrenaturales) acechan a los vivos. También Irumári (la pervertidora de hombres) y Nuipás ikuri (la pervertidora de mujeres) andan buscando a quién fregar. El kupúri de Tamátsi Wawatsári ya no está en ese mundo. Entonces, sin descanso levantamos el campamento y caminamos a donde el sol se pone hasta que nos dé la noche. Pero antes de salir de Wirikúta, todos lavamos nuestros huaraches y la ropa con agua de los bules. Maraakáme echa agua de su bule a las cinco esquinas del mundo y deja prendido el fuego sagrado para que se extinga solo. Todos los hermanos dejan más ofrendas y luego nos vamos, despidiéndonos con tristeza de Tatewarí y de los kakauyaríxi. Todos volteamos una vez más para ver esa tierra hermosa y caminamos cantando las plegarias. Muchos sabemos que al año siguiente habremos de volver, otros no saben. Pero todos sabemos que cuando nos llegue la muerte, regresaremos para quedarnos allá, en esa tierra hermosa, con nuestros ancestros.
—Camilo, una última pregunta: ¿cuando están en Wirikúta, nunca van ustedes a los pueblos de ahí cerca, como Real de Catorce?
—¿Para qué? Ahí no hay nada para nosotros, más que historias tristes de nuestros antepasados. En nuestra ruta nunca nos metemos a los pueblos porque ahí existen muchos peligros para nuestros espíritus.

Esa noche, bajo el cielo estrellado y la fogata que siempre mantuvieron viva, Camilo siguió platicando del viaje de regreso, aunque yo ya casi no le hacía preguntas. Después habló de otras cosas y contó leyendas y mitos de su pueblo y de su gente. Explicó cómo los huicholes encontraron al maíz o, mejor dicho, cómo el maíz encontró a los huicholes; cómo el Kiéri Tewíyari (toloache) engañó a muchos con sus poderes de dar visiones. Asimismo, relató la creación del universo, los astros y el mundo de acuerdo a los huicholes; de cómo llegó el venado a esas tierras y muchas cosas más que yo casi no apunté en mi libreta porque estaba muy cansado, aparte de que Camilo hablaba muy rápido. Otros huicholes aportaron entonces algunas anécdotas, pero el mágico recuento del viaje a Wirikúta parece estar reservado para el chamán, para el Maraakáme.
Han pasado ya muchos años desde que por última vez vi a Camilo y a la gente de El Ángel. He tenido contacto esporádico con huicholes de otras comunidades, pero no puedo decir que sienta una amistad por ellos. Desde que estoy jubilado dispongo de suficiente tiempo libre para viajar, pero ya los achaques de mi edad no me lo permiten. Añoro los tiempos aquellos de mis visitas por tierras huicholas y me gustaría volver, pero siento que tal vez me embargaría la tristeza si llegara a El Ángel para sólo enterarme que Camilo ya no está ahí y que su tepu ya no resuena para guiar a su gente. Aunque quisiera imaginarme que su kupúri se ha encontrado con los kakauyaríxi para vivir en Wirikúta por el resto de la eternidad.

Lexicón de términos huicholes usados en este relato

Eaká tewaeí = deidad del viento.
Híkuri = peyote.
Hikuritámete = cazadores de peyote.
Irumári = la pervertidora de hombres.
Kakauyaríxi = los sobrenaturales.
Kalíwei = el templo.
Kauyúmari = el espíritu auxiliador del venado.
Kiéri Tewíyari = toloache.
Kupúri = alma, fuerza de la vida.
Maraakáme = chamán, el guía, el sabio de un pueblo huichol.
Matewáme = novicios.
Muviéri = penacho de chamán. También muviéri significa las flechas ceremoniales con plumas de halcón.
Niwetúka me = la gran madre de todos los niños.
Nuipás ikuri =la pervertidora de mujeres.
Nunutsi = bebé.
Psicopompo = almas, espíritus.
Rurawémuieka = deidad de las estrellas.
Samúravi = hermano coyote.
Takwátsi = canasta sagrada donde se guardan los instrumentos ceremoniales y una jícara o bule especial en las ceremonias.
Tamátsi Wawatsári = el venado principal.
Tatéi Matiniéri = los sagrados manantiales de la fertilidad.
Tatewarí = el gran espíritu del fuego.
Tatutsí = el bisabuelo.
Tayaupá = el sol.
Tepu = tambor que sólo usan los chamanes.
Toimáyau = las madres de los niños.
Tsakaimuka = el que captura al venado.
Tsinuríta = lugar cerca de Wirikúta donde también crece peyote. Tsinuríta es el reflejo de Wirikúta.
Tsuwirí = falso peyote.
Tutú = flor.
Unáxu = punta de un cerro quemado en Wirikúta, donde nació Tayaupá.
Wakirikítema = la puerta de entrada a Wirikúta.
Wawatsári = hermano mayor, el venado principal.
Wawemé = árbol grande.
Wirikúta = la tierra sagrada de los huicholes.
Xuturi Iwiékame = la madre de los hijos.
= tabaco rústico o silvestre.
Yekwé-te = bule de tabaco.
Yékwei = bule sagrado.

14 voces por un real, de Homero Adame, fue el libro ganador del “Premio 20 de Noviembre”, en narrativa – 2004. Fue editado por la Mtra. Déborah Chenillo Alazraki y publicado por Verdehalago y Secretaría de Cultura de San Luis Potosí. México, D. F. 2007.

El libro se puede conseguir en librerías de San Luis Potosí, en el Centro Cultural de Real de Catorce y a través de este medio.
Nota: la foto superior fue tomada del muro de Real de Catorce Mágico, en Facebook.

martes, 1 de enero de 2013

Tradiciones y costumbres mexicanas: las cabañuelas mayas


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LAS CABAÑUELAS, SEGÚN LA TRADICIÓN MAYA

Resulta difícil establecer con exactitud del origen de la tradición de las cabañuelas, pero algunas fuentes señalan que surgió en:
  • Babilonia: con el Zamuc, o “Fiesta de las Suertes”, del calendario babilónico, cuya versión hebrea sería la “Fiesta de los Tabernáculos”.
  • La India: allá también tenían doce días en la mitad del invierno para vaticinar las condiciones climáticas próximas.
  • México prehispánico: se cree que los aztecas adoptaron de los mayas este conocimiento (el cual se adaptó al calendario gregoriano). Como en ambos casos sus calendarios constaban de 18 meses de veinte días cada uno –más cinco días adicionales que no entraban en los meses–, los primeros 18 días de enero servían para cada uno de los meses y los dos días restantes predecían otros fenómenos: el 19 para pronosticar el tiempo del solsticio de verano y el 20 para el solsticio de invierno.
  • En cuanto a otros grupos de Mesoamérica y Aridoamérica, al parecer nada se ha escrito al respecto, aunque podría suponerse que también tuvieron un sistema similar y, aventurándonos un poco, algunas de las interpretaciones que se le dan a las cabañuelas en el Noreste de México podrían ser tradición de las antiguas tribus –ahora extintas– que habitaron toda esta amplia zona.
Ahora bien, en enero de 2010 leí un artículo muy interesante sobre las cabañuelas, de acuerdo con la tradición maya; se me hizo interesante tanto por la similitud con la tradición norestense (se puede leer en este enlace: Las Cabañuelas, modo de pronosticar el clima) sobre este tema como por los datos adicionales que muchos de nosotros desconocemos en el resto del país. Dicho artículo lo encontré en la revista Desafío, número 10, y el artículo lo escribió Bernardo Caamal Itzá, quien me autorizó reproducir fragmentos para agregarlos aquí a mis blogs.
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Los mayas ¿aún realizan el Kok K’íin o cabañuelas?
– conocimientos intangibles que permiten analizar el clima

Enero, mes en que se realiza el registro del tiempo y durante este lapso se tendrá información muy general de lo que sucederá en todo el año, a esta actividad de observación [los mayas] le llaman Kok K´íin o cabañuelas. Quienes poseen este tipo de conocimientos milenarios diariamente observan el clima. Su fuente de información proviene de diversos elementos que están en su alrededor, destacando al sol, la luna y las estrellas.

Las flores y la cantidad de frutos de los árboles –como el Béek, Ya’axnik, Jabin, Belsink che´, Ya’axche’–, así como el comportamiento de los animales, como los cerdos, las gallinas, pájaros, cigarras y las hormigas, también son considerados en los registros como datos complementarios.
Mientras que en los hogares mayas se observan otras particularidades, como la condensación de la sal y del yabaknaj –acumulamiento de bióxido de carbono que se encuentra en las puntas de la palma de huano del techo de las casas tradicionales–, el cual al absorber la humedad ambiental termina por condensarse, hecho que indica la cercanía de las lluvias en las próximas horas.

Atilano A. Ceballos Loeza resalta que los doce primeros días [de enero] corresponderían a lo largo de los meses. Los días 12 y 13 sería diciembre, luego retroceden los meses conforme avanzan los días, de tal manera que el día 24 correspondería al mes de enero. A partir de ahí, a cada día le correspondería dos meses, por ejemplo, el día 25, las doce primeras horas serían enero y las otras doce febrero. Por último, el día 31 –nos aclaró José Anastasio Euan Romero, de Chablekal, municipio de Mérida, Yucatán–, considera que las veinticuatro horas que tiene el día, entonces en este caso, a cada hora le asignan un mes, partiendo desde la madrugada, iniciando de nuevo con el mes de enero y llegado el mediodía, se reinicia con el mes de diciembre hasta concluir con el mes de enero, y de esta forma se cierra el ciclo de observación.
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Si les interesa leer más sobre este tema u otros relacionados con las tradiciones mayas en torno a la agricultura, pueden visitar el sitio http://www.fpy.org.mx/, o bien, hacer clic directamente en este enlace subrayado: Fundación Produce Yucatán, A.C.