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miércoles, 18 de marzo de 2026

El primer pozo petrolero de México, en Ébano, SLP

EN ÉBANO SE EXTRAJO
PETRÓLEO POR PRIMERA VEZ

Texto y fotografías: Homero Adame

Fue el 3 de abril de 1904 cuando en esta pequeña población de la Huasteca potosina se perforó exitosamente el primer pozo petrolero en México, evento que lo encaminó a ser uno de los países con mayor producción de crudo en el mundo, así como con una de las más intensas labores de exploración.

Cuenta la historia que, desde finales de 1903, varios exploradores norteamericanos anduvieron infructuosamente perforando pozos en diversas zonas del país, y fue gracias al geólogo mexicano, Ezequiel Ordóñez, que el sueño se volvió realidad, toda vez que él sugirió que se perforara un pozo al pie del mítico cerro de La Pez. Según las crónicas, a media tarde del 3 de abril de 1904, el primer brote de petróleo alcanzó unos 15 m de altura ante la algarabía de los incrédulos presentes. Sin embargo, hubieron de pasar todavía siete años más para que el pozo, ya para entonces conocido como “La Pez número 1”, exportara su primera remesa de crudo, embarcada en Tampico.

Pero la historia de Ébano no se limita exclusivamente a tan importante hecho, sino que ésta se remonta a la época prehispánica con asentamientos huastecos. Como reminiscencias todavía existen por ahí las ruinas arqueológicas de Tamatao (“Lugar de casa”), mismo nombre con el que se conocía a Ébano en las primeras décadas de la conquista. Ya con la presencia española, Tamatao fue primero una región de encomiendas para luego convertirse en un latifundio que originalmente llevó por nombre “Sitios de la Huasteca”, para después conocérsele “San Juan Evangelista del Mezquite” y finalmente “Hacienda del Tulillo”.

El propietario de esta hacienda la vendió a un tal Edward Doheny, originario de Wisconsin, en Estados Unidos, quien visionariamente fundó la “Huasteca Petroleum Company” e inició su auge en este giro con una producción diaria inicial de 1,500 barriles diarios. No conforme con ello, el mismo Doheny creó la “Compañía Mexicana de Asfalto y Construcción” que en su momento pavimentó las calles de la ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y otras ciudades capitales en el país.

¿Pero, qué ha sido de Ébano después de un siglo? Muchos lectores bien podrían pensar que todo indicaba que ésta sería una ciudad muy progresista y desarrollada. Sin embargo, en algún momento su sino dio un extraño giro y se quedó como un simple pueblo más de esta húmeda y calurosa región de la Huasteca. Algo que vale la pena mencionar, aunque sea en el aspecto negativo, es que a pesar de tratarse de un icono histórico dentro del desarrollo mexicano del siglo XX, se encuentra bastante olvidado y ni siquiera en la carretera o en el centro de la población existe un letrero alusivo a la primera explotación de petróleo ni mucho menos un señalamiento que nos indique cómo llegar al famoso pozo número 1. Artículo de Homero Adame.

Arquitectónicamente hablando, no hay casi nada relevante que mencionar, salvo unas construcciones (de ladrillo rojo en la mayoría de los casos) que desentonan por ser de un estilo fuera de lo común dentro el contexto mexicano y muy ajeno en esta región; se trata de la colonia americana levantada como zona residencial cuando los primeros ingenieros del petróleo se establecieron en la zona. Sobresale un edificio que, según dicen, fue la primera iglesia anglicana en el país; local que después pasó a ser restaurante de chinos y en la actualidad se usa como centro de actos cívicos. Cerca de ahí, en la cima del cerro principal de la población, todavía existen algunas oficinas de Pemex, en la colonia 18 de marzo (todo de ladrillos color amarillo).

Resulta interesante el nombre de dicha colonia pues hay que añadir que en Ébano la celebración más importante es la Fiesta del Petróleo, una feria regional que culmina precisamente el 18 de marzo. Ese día se organiza un desfile cívico por la mañana, que pasa por el monumento a Lázaro Cárdenas para rendirle homenaje y dejarle ofrendas de flores; en la tarde hay música; al oscurecer se corona a la reina durante un evento solemne en la plaza y posteriormente inicia el animado baile popular que da cerrojazo a la feria.

La actividad económica en esta cabecera municipal está centrada en la agricultura de pastizales y la ganadería, así como la pesca. La Laguna Chica, mejor conocida como “Laguna Marla”, es fuente de sustento para muchos pescadores que principalmente capturan tilapia, carpa y otras especies de menor importancia comercial. Viajes de Homero Adame.

Algunos pescadores dicen que no obstante la explotación petrolera, las aguas de esta laguna no están contaminadas. Sin embargo, cuentan que cuando hay derrames de chapopote, como sucedió en el 2001, sacaron toneladas de pescado muerto, primeramente por culpa de la contaminación de “chapo” (así le llaman localmente al chapopote), y luego por la “hierba” (un tipo de detergente) que le echaron a la laguna para limpiarla, pero resultó peor.

Precisamente en esa zona se encuentra el pozo 1, así como otros con diversa numeración, como el pozo 5 y el pozo 15. Junto al histórico pozo hay dos pequeños monumentos con sus respectivas placas. El primero, colocado en mayo de 1994, reza lo siguiente: “Pemex exploración y producción distrito Altamira La Pez número 1. Este pozo marcó el inicio de la industria petrolera nacional, fue perforado en el año de 1904 por la Mexican Petroleum Company, siendo descubierto por el geólogo mexicano Ezequiel Ordóñez. Tiene una producción inicial de 1,500 barriles por día y acumulativa de 4’124,976 barriles durante el período de 1904 a 1917. Fue taponado, el 18 de enero de 1925”. En el otro dice: “Pozo La Pez número 1 en homenaje al 60 aniversario del expropiación petrolera, 1938-1998, puesto por el presidente municipal el 18 de marzo de 1998”.

A pesar de que fue taponado, explican los lugareños que de repente arroja chapopote, aunque en la actualidad está controlado. Lo cierto es que la orilla de la laguna presenta un suelo cubierto de esa sustancia negra media seca pero todavía suave cuando se camina sobre ella.

Para terminar podemos añadir que el municipio de Ébano se ubica en la parte este del estado. Limita al norte, al este y al sur con Veracruz y al oeste con el municipio de Tamuín. Aquí hay un par de hoteles modestos, varios restaurantes y casi todos los servicios. Se llega por la carretera No. 70, entre Ciudad Valles y Tampico.

Nota: puedes leer una leyenda relacionada con la laguna Marla en este enlace: Leyenda téenek sobre el cerro de La Pez.


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domingo, 7 de julio de 2019

Padilla, Tamaulipas en la historia: El ocaso de un pueblo


PADILLA, Tamps: A la sombra de la muerte de un caudillo

Texto y fotografías: Homero Adame M.

“Padilla, pueblo que como estrella fugaz en el límpido suelo tamaulipeco, tiene su orto y ocaso después de cumplir su misión histórica, convierte su tumba en puerta gigantesca que se abre al signo del progreso”

No son palabras proféticas las que acabamos de leer; más bien se trata de una cita a guisa de verso que no parece tener significado alguno para quienes desconocen la historia de Padilla, o para los que jamás han pisado la yerma tierra de un pueblo otrora glorioso.
   Corre el año de 1824, día 19 de julio. Los vecinos de Padilla, ciudad capital del ahora estado de Tamaulipas, se preparan para dar el último recibimiento a Agustín de Iturbide, ex-presidente y emperador de México, en su retorno del exilio. La comitiva ha llegado proveniente de Soto la Marina. El célebre personaje, quien consumó la Independencia de México y a la postre fue tomado como traidor de la Patria, es llevado al cuartel de la Compañía Volante del Nuevo Santander, donde ofrece su último discurso:
  “A ver, muchachos... daré al mundo la última vista”, dice con firmeza y, conforme besa un Cristo que cuelga en su pecho, cae exánime entre un olor a pólvora. Son las 6 de la tarde. Sin suntuoso funeral, el General es sepultado en la vieja iglesia sin tejado. Así concluye un capítulo más de la escabrosa historia imperial de México y se abre un nuevo capítulo de la historia de Padilla. (Blog de Homero Adame.)
   Estamos ahora en 1971. Han transcurrido 147 años desde aquel fusilamiento y Padilla ha desaparecido en aras del progreso. Los recuerdos y los sucesos históricos comienzan a flotar en las aguas de la presa, o se han hundido para siempre. Las casas se han derrumbado, la gente se ha ido y sólo queda la triste memoria de otras épocas en la decrépita parroquia y la escuela que en el ayer lucía majestuosa. El resquebrajado piso de lo que fue la plaza principal, donde derramó su sangre un emperador, es otra señal de que Padilla se ha marchitado. Todo el carácter de un pueblo, las anécdotas de sus calles, sus casas y sus habitantes se han ido para jamás volver. Sin embargo, a varios kilómetros de ahí nace Nuevo Padilla, aunque bajo el estigma de un oscuro recuerdo.
   “Cuando Iturbide fue fusilado, Padilla murió con él. El destino estaba escrito como una maldición que se cumplió”, nos dice don Eulalio, un hombre viejo que recuerda a su ciudad natal con suma nostalgia. “La gente vivía feliz, pero el fantasma de un asesinato nunca la dejó descansar. Y luego nos cambiaron a Nuevo Padilla. Sí, casas nuevas, escuelas, calles bonitas y hasta una iglesia ansina de chaparrita, pero mucha gente no se acostumbró y mejor prefirió irse a otra parte; nomás los más viejos nos quedamos en el nuevo pueblo, pos ya no tenía caso irnos a otra parte. Pero la vida ya no es la mesma. Nuestro pueblo se acabó...”, concluye con un tono de resignación.
   Donde estuvo Padilla es ahora la presa Vicente Guerrero, lugar vacacional y de pesca recreativa. Por un lado se ven las contadas ruinas de lo que fuera el centro de Padilla: la iglesia, la escuela, la plaza, unas pocas paredes y el quebrado puente que iba a la hacienda de Dolores, de la cual sólo subsiste la antigua troje según nos dicen. Por el otro lado se encuentra la Villa Náutica -un club privado- y las modernas instalaciones del Centro Recreativo Tolchic, construido por el gobierno en 1985 como mísero pago a una deuda sin precio. Sin embargo, en fechas recientes algo ha sucedido: la Villa Náutica se ve abandonada, salvo por la presencia de algún socio que sigue viniendo para no perder su propiedad, y el centro Tolchic está cerrado; sus mejores días ya sólo permanecen en el recuerdo de algunos. La reja y los candados lucen oxidados y no puede uno imaginarse el polvo del olvido que cubre su interior. Desde afuera aún se aprecian los juegos infantiles también con signos de oxidación.
   Es de suponerse que la considerable baja del nivel de la presa, las recurrentes crisis económicas y otras tantas razones obligaron que ambos sitios cerraran sus puertas, aunque siempre con la esperanza de mejores épocas que igual jamás habrán de volver porque, de todos modos, este paraje sigue extinguiéndose día con día. Esto es un síntoma que denota tácitamente cómo la vida en el antiguo Padilla va decayendo cada vez más. Acaso el último hito de revivir un pueblo que murió fueron estos centros sociales, pero el futuro luce sombrío, ya que restablecer la actividad, el movimiento, puede convertirse en una tarea casi imposible. (Artículo histórico de Homero Adame.)
   Más impresionante que esos modernos edificios en vías de convertirse en ruinas también, es caminar por lo que imaginamos fueron las calles, ahora tapizadas de maleza. Entrar a la iglesia -la cual estuvo dedicada a San Antonio de Padua- y a la escuela o pararse en el centro de la plaza nos imprime un sentimiento indescriptible; como si algo pugnara por salir, mas no encuentra el modo de hacerlo. Es como si el espíritu del pueblo buscara un punto de referencia que ya no existe. Adentro del templo no se observa ningún recuerdo o epitafio de la tumba de Agustín I; es de pensarse que fue trasladada a otra parte. Afuera de la escuela hay una placa conmemorativa reciente  (7 de julio de 1999) cuando se festejó el 175 aniversario de la creación del estado de Tamaulipas. A la sazón, y previo a la presencia del gobernador, se limpió toda la zona y los ladrillos y sillares de las ruinosas paredes y techos fueron llevados a sitios alejados de los ojos de cualquier visitante. Sin embargo, pese a esa superficial limpieza, los muros derruidos son factor indicativo de que los buscatesoros han tratado de obtener míticas riquezas en no pocos intentos. Y nos preguntamos: ¿A quién se le ocurriría enterrar un cofre o un cantarito de monedas de oro en los predios de una escuela? Para no desentonar, adentro de la capilla también se observan pozos de los saqueadores, acaso como ejemplo palpable de la profanación de tumbas, si es que las hubo.
   Una vez entrados en las interrogaciones, quisiéramos saber ¿dónde quedó el kiosco sobre el cual la banda solía alegrar con su música a la concurrencia en su devenir alrededor de la plaza? ¿Dónde quedaron las campanas, que resonando en cada rincón de la ciudad puntuales llamaban a misa? Y ¿a dónde se fueron los días aquéllos, cuando los niños corriendo y gritando salían felices de la escuela luego de un largo día de clases? Ya no se ve el mercado ni el ajetreo diario de los marchantes. El merolico ha dejado de gritar las bondades de tal o cual medicina. Los puestos de comida desaparecieron para llevarse consigo el característico aroma del aceite, las carnitas y las fritangas. Los trazos de las calles se han borrado y no podemos imaginar por dónde transitaban los carruajes y caballos primero, y los pocos automóviles después. Y las casas, ¿dónde estaban todas ellas? Y desde la plaza, al ver hacia el sur los montones de escombro, nos surge la duda de dónde se ubicaba el palacio y cómo habría sido; seguramente el mismo palacio donde se dictó la última orden para fusilar al emperador. Además, también nos preguntamos en dónde habrá quedado el monumento erigido en el preciso lugar donde Iturbide cayó muerto, el cual, de acuerdo a las crónicas, aún permanecía enhiesto antes de la inundación de los años setenta. Y sus políticos... ¿en dónde tomaban el café para arreglar el mundo y comentar las últimas noticias y chismes?
   Nada quedó, ni el camposanto siquiera. Ahora la hierba es tan alta que se ha vuelto imposible caminar en algunas partes. Todo es silencio, salvo el correr del viento que al mover las ramas las hace rechinar. Sobre unos árboles altos se ve a un grupo de zopilotes que no sabemos qué acechan. Cuando el cielo está nublado, el escenario se torna todavía más sombrío. Ese cúmulo de raros sentimientos no nos lleva a entender lo efímero que la vida puede resultar.
   La escuela, al igual que la iglesia, muestra en sus paredes los trazos del nivel alcanzado por el agua cuando la presa tuvo sus mejores días. Pero las escasas lluvias en estos años sólo han dejado un páramo. A lo lejos se encuentra lo que fue el puente, ahora destrozado, y el espejo lacustre a su alrededor. Al cabo de un buen rato de silencio pasa alguien en su lancha y nuestras cavilaciones se ven interrumpidas. Junto al puente también nos topamos con un grupo de amigos disfrutando de unos buenos pescados a las brasas; nos dicen que ocasionalmente vienen los fines de semana. Luego miramos de nuevo el paisaje, el panorama, y todo parece seguir igual, estático, pero se nos antoja distinto. Es como si de un momento a otro cambiáramos de realidades, primero lo lúgubre, lo palpable, después el recrear episodios que, aunque no vivimos, sentimos que sucedieron y finalmente estar en el presente, junto a las aguas de una presa, entre el matorral, como pescadores o aventureros que se hallan ajenos a la historia de esos lares.
   Así es Padilla, la ciudad que dejó de ser, la ciudad que fue sacrificada por el progreso. Mientras caminamos de regreso al coche, nos acompañan las palabras del viejo que conocimos: “Cuando Iturbide fue fusilado, Padilla murió con él. Se cumplió la maldición...” Sin duda tiene razón.

Notas:
1. Este texto fue publicado originalmente en el número 311 de la revista México desconocido, correspondiente a diciembre de 2002.
2. Las fotografías de Padilla son autoría de Homero Adame.
3. La ilustración del fusilamiento de Agustín de Iturbide fue tomada del periódico Expreso.press. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.
3. La imagen del presidio donde fue fusilado Agustín de Iturbide fue tomada del sitio de Internet Wikimexico. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.

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sábado, 5 de mayo de 2018

Cañón del Chiflón, paraíso en Saltillo


CAÑÓN DEL CHIFLÓN
Entre un paisaje de película

Texto y fotografías: Homero Adame

Es sabido por muchos que en las proximidades de Saltillo existen infinidad de vestigios de antiguas culturas que habitaron esta región del México septentrional. Tales vestigios son básicamente petroglifos, pinturas rupestres y puntas de flecha, que hablan de la vida nómada de los pobladores. Son muchas las teorías y conjeturas, como poca es la historia recabada sobre esas culturas; historia que en ocasiones se presta a la confusión ya que no existe una manera de fechar con exactitud el tiempo de que datan las remanencias. La historia de la región es más bien moderna, de la época de la conquista, y habla de los muchos grupos conocidos que poblaron las sierras,  los valles y, también, los desiertos del estado. Pero no hay seguridad que esas tribus hayan sido las que tuvieron la inquietud y se tomaron el tiempo y la dedicación de dejar pintadas o esculpidas en las rocas la expresión de su arte o idiosincrasia. Posiblemente esas pinturas y petroglifos ya estaban ahí cuando aquéllos llegaron. No lo sabemos con exactitud y quizás nunca lo sabremos.
Dentro de ese amplio marco de lugares que entre la escases de su vegetación y lo intrincado de sus sierras resguardan los petroglifos y pinturas, encontramos el Cañón del Chiflón, ubicado a 38 kilómetros de Saltillo rumbo a Torreón.
El Chiflón es muy conocido por los saltillenses por ser un lugar de paseo dominical, donde existe un río con una hermosa cascada, que da frescura a los calurosos días de verano. Lugar de agua limpia y fría que corre todo el año, aun en épocas de sequía. Pero son más las personas que llegan atraídas por la fama de la cascada que por las otras cosas que están ahí para ser vistas y admiradas, siendo por lo general el turista extranjero o el mexicano que viene de distantes puntos del país el que llega preguntando por las pinturas rupestres, para así enterarse que ahí existe una cascada de gran altura y monumental belleza.
A escasos 600 metros de la carretera está la ruinosa hacienda del Chiflón, otrora señorial de recios adobes y grandes piedras, donde vive una familia que cuida la casa grande y las 100 hectáreas de que la hacienda está compuesta. Ellos son gente humilde, acostumbrada al turismo y gustan de platicar, con mucho orgullo, lo que tienen a la vista, las historias que se cuentan y sobre los muchos visitantes importantes que han llegado por ahí en busca de aventura o lugares, digamos, desconocidos.
Sentado en una mecedora, don José Juan Valdez nos invita a tomar asiento y nos pregunta que qué nos trae por esos rumbos. Una vez que uno le explica el motivo de la visita, él dice que sí hay algunas pinturas, pero que es mejor ir a la cascada. Su esposa hace pocos comentarios y sus hijos pequeños, que todavía viven en el casco de la hacienda, miran al visitante con atención y curiosidad. Uno de ellos, Raymundo de 13 años, constantemente interrumpe la plática de su padre para afirmar o agregar los comentarios. El es el guía de turistas y está más que dispuesto a llevarnos a ver las pinturas y la cascada.
Don José poco sabe de la historia de la hacienda y menos de los más antiguos pobladores, pero con regocijo cuenta detalles de la película El alma grande del desierto, que se filmó en esos parajes, y cita otras películas cuyos títulos ha olvidado; todas ellas de indios y vaqueros. Asimismo cuenta descubrimientos y leyendas. Dice que a seis kilómetros, en el llamado Rincón Colorado, hace muchos años encontraron huesos de dinosaurios, pero que los lugareños no permitieron que se los llevaran a la Ciudad de México, pues querían que permanecieran ahí y se construyera un pequeño museo, para así poder contar con una atracción turística; los huesos no fueron removidos del lugar y el museo todavía sigue en proyecto.
Como buena hacienda con leyendas, don José se divierte narrando episodios de gente que ha llegado en busca de tesoros, pero que nada han encontrado, y niega que se escuchen ruidos o se vean apariciones; sin embargo, afirma que por ahí se han visto platillos voladores. Dice que en las noches algunas personas han observado luces volar rumbo a la cascada y que él mismo las vio en una ocasión. “Hace mucho se perdieron tres gentes que subieron a la cascada, los buscamos todo el día y en la noche, pero no los pudimos hallar. Luego vino un señor que vive allá arriba y nos dijo que él vio cuando los marcianos los habían subido en una nave y se los llevaron. Verdad o mentira, la cosa es que esos muchachos nunca aparecieron”.
Emprendemos camino con la buena guía de Raymundo, quien conoce todos los parajes ya que él lleva a las cabras y borregas a campear. A pocos metros de la casa encontramos los primeros petroglifos y así sucesivamente los iremos viendo a todo lo largo y lo ancho del cerro. Es increíble la cantidad que hay de ellos. Las figuras varían en forma y tamaño, siempre destacando las circulares, las onduladas y los puntos, alusivas a los astros, el agua del río y, posiblemente, a un sistema numérico. Pero no todos esos petroglifos son antiguos, muchos de ellos son modernos pues son demasiados los paseantes que gustan de dejar un recuerdo de su visita grabado en la roca. Encontramos nombres y dibujos de cruces, flechas, corazones e iglesias; digna representación de que los petroglifos se siguen creando de acuerdo a la época en que se vive.
No nos cansamos de ver los petroglifos, pero el día pasa rápido y queremos conocer y contemplar otras maravillas.
Subimos por todo el lecho del río hasta llegar a la cascada, que tiene dos caídas y varias pozas o albercas naturales. En verdad que la descripción dada por don José se queda corta ante la belleza del lugar. La pared del cañón es alta, estrecha e impresionante, y con finura se desliza la blanca estela del agua, para caer con estrépito en la primer y más profunda poza y así seguir su camino cuesta abajo hasta la segunda poza, donde nos encontramos. El agua es muy fresca, con tonalidades turquesa, e invita a darse un chapuzón. Raymundo nos espera pacientemente sentado en la roca, mientras continúa platicando sus aventuras, descubrimientos y fantasías.
La mayoría de la gente se queda en ese paradisiaco lugar, pero nuestro plan es seguir hacia arriba para ver las pinturas rupestres, que es en sí el motivo original de nuestra visita.
El ascenso es difícil y resbaladizo. Así llegamos hasta la primer poza y más arriba a una cueva. A escasos metros de ésta hay un venero en el cual se construyó una pila para captar el agua que se entuba hasta abajo -a la casa y al ejido Plan de Ayutla, junto a la carretera-. La cueva no es profunda, pero a lo alto tiene una pequeña oquedad de profundidad desconocida, de la cual asegura el jovencito Raymundo que en una ocasión unos exploradores extranjeros se metieron con tanques de oxígeno por largas horas.
Así como esa, al parecer hay muchas cuevas más en todo el cañón, pero permanecen inexploradas por lo inaccesible y la falta de difusión o interés.
Rodeamos la cueva y seguimos subiendo hasta llegar a la cima, donde inicia la cascada. La vista de la cañada gris, de las pozas turquesa, del azul del cielo con blancas nubes y del amarillento-obscuro valle en la distancia es en verdad impresionante; vista que hace valer el día en sí y la fatiga de la caminata.
Raymundo platica que desde ahí caían a la poza los indios que "mataban" durante el rodaje de las películas filmadas en Chiflón, pero -advierte- caían cuando el río llevaba más agua, ahorita es muy poca.
En esa parte, en lo alto del cañón, se encuentran las famosas pinturas rupestres en un recodo natural de la roca. Pero las pinturas no son tan abundantes como habíamos creído y hubiéramos querido. Solamente se pueden distinguir restos de cuatro pinturas, el faltante y las demás, si es que había, han ido desapareciendo, tanto por el intemperismo y el tiempo como por la gracia de los vándalos, quienes han dejado ahí las huellas de su paso. Dos de ellas son las más distinguibles, una pintada en rojo y la otra en rojo y azul. Semicírculos y ondulaciones que seguramente representan las cascadas y el río.
Preguntamos si acaso no hay más pinturas, y Raymundo nos dice que sí, que son las que ya habíamos visto abajo, pero que éstas son las únicas de color. Por alguna razón incomprensible, ningún visitante guiado por este jovencito se tomó la molestia de explicarle que unas son pinturas y otros petroglifos; error que ya ha quedado aclarado.
Por sugerencia del chamaco, el retorno lo hacemos por otra parte, alejándonos del río, para bajar por la escarpada ladera. Desde la cima del cerro la vista al valle es aun más impresionante, admirando así el interminable horizonte del poniente. La bajada es un tanto peligrosa por lo resbaladizo del terreno y las piedras sueltas, que caen ruidosamente, pero vale la pena intentarlo, porque en toda la ladera de ese cerro hay más y más petroglifos.
Bajamos por la ermita, antigua iglesia de la hacienda y ahora en vías de desaparecer. El día ha sido extenuante y la familia amablemente nos ofrece de comer un plato de arroz y tortillas de nixtamal recién hechas.
Antes de despedirnos, don José nos dice que el nuevo dueño de la hacienda proyecta hacer en el futuro próximo un campo turístico, remozar la hacienda, hacer más accesible el camino a la cascada y reconstruir los pocos objetos antiguos que quedan. Qué bueno que hay alguien que se preocupe por mejorar una joya histórica y natural en esta árida parte de Coahuila, y dar así un nuevo realce a este atractivo del estado.

Notas: este artículo con más fotografías fue publicado originalmente por la revista México desconocido, en 1999.
2. Puedes leer una leyenda relacionada con la hacienda del Chiflón siguiendo este enlace: El tesoro de Pancho Villa.

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viernes, 1 de septiembre de 2017

Costumbres fúnebres en México

Esta información fue publicada en Leyendas, relatos, costumbres y tradiciones de Nuevo León, Editorial Font, 2005. En este libro Homero Adame aporta sus intereses en antropología y etnología del folclore no sólo del estado de Nuevo León o de la región Noreste de México, sino del país y de otras culturas. Por ejemplo, como continuación a las costumbres hispanas y mediterráneas, el investidador menciona muchas otras costumbres funerarias de origen prehispánico, así como judío-sefarditas y de Medio Oriente que llegaron con las migraciones y de cierto modo, se arraigaron en la vida cotidiana.

sábado, 8 de julio de 2017

La catedral de Querétaro

¿DÓNDE QUEDA LA CATEDRAL QUERETANA?

Texto de Homero Adame

Las catedrales son, por antonomasia, el centro religioso más importante de toda ciudad que cuenta con un obispado. Ellas son un punto de referencia fundamental para los habitantes, sin importar cuál religión profesen. Son así porque, salvo raras excepciones, se localizan en el corazón de cada ciudad, frente a la plaza de armas, cerca del palacio municipal o de gobierno Y todo en conjunto conforman la armonía original de un pueblo. A falta de uno de estos tres elementos, dicha armonía está fuera de balance.

  Hablar de catedrales es evocar, inmediatamente, la Catedral Metropolitana, la de Puebla, la de Morelia, la de Mérida, de Guadalajara, de San Luis Potosí o la de la ciudad donde uno vive. Pero ¿alguna vez hemos preguntado dónde queda la catedral cuando andamos de visita por Querétaro? De ser así, ¿cuál ha sido la respuesta de los lugareños? Sin duda tres de cada cinco lo piensan dos veces porque no saben con exactitud dónde se encuentra ni cuál es.

  Aunque suene a redundancia, vale decir que Querétaro es una hermosa ciudad que lo tiene todo. Es por ello que nos sorprende no encontrar su catedral en el primer cuadro. Al preguntar por ahí, mucha gente indicará que es la iglesia de San Francisco, pero no es así. La catedral se encuentra a cinco cuadras al poniente de la plaza principal, en la esquina de las calles Madero y Ocampo. Verla por primera vez es pensar: “esta no puede ser la catedral”, porque carece de la magnificencia que caracteriza a este tipo de construcciones religiosas.

  El templo de San Felipe Neri, hoy en día la Catedral de Querétaro, en sus orígenes fue el oratorio del convento de los felipenses. Se empezó a construir en 1786 y se concluyó en 1805, pero no fue sino hasta 1921 cuando recibió la categoría de catedral. Previo a esto, en el mismo año de 1805, el cura Miguel Hidalgo y Costilla la bendijo como templo al oficiar la primera misa.

  Su corta historia como catedral se vio interrumpida durante la guerra Cristera, cuando fue saqueada y utilizada como cuartel y hasta salón de baile. Hoy en día no es más que una de las muchas iglesias de la ciudad de Querétaro, aunque con rango de catedral, pero rebasada en arquitectura, belleza y centro del culto por muchas otras.

  Su interior es frío y demasiado austero. Su exterior es un poco más interesante. Arquitectónicamente es considerada como estilo representativo de la transición del barroco al neoclásico, por conjugar elementos de ambos estilos en su fachada. En ella sobresalen sus seis columnas corintias voladas en la parte inferior, y otras tantas menos ornamentadas, y de estilo acoplado, en la superior.

  Aunque la catedral queretana tiene una torre inconclusa –y del reloj no hay mucho que mencionar–, se le considera como una joya única por haber sido construida con piedra de tezontle. Conocerla vale la pena, pues así entendemos que la catedral no es necesariamente el templo más bello e importante de una ciudad.

Notas:
1. Este texto se publicó originalmente en la revista México desconocido, en 2001.

2. Las imágenes fueron tomadas de Internet. Que los enlaces sirvan de agradecimiento y crédito a sus autores: Catedral de Querétaro y Catedral de San Felipe Neri, interior

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miércoles, 23 de diciembre de 2015

El primer árbol de Navidad en México



¿Cuándo empezó la tradición de los pinos de Navidad en México?

¿Sabías que el árbol de Navidad, también conocido como “pino navideño”, no es una tradición de origen mexicano, como tampoco lo es el Nacimiento? ¿Cómo llegó a México? ¿Desde cuándo se arraigó en nuestra cultura? Por extraño que parezca –porque hay mucha gente que incluso en la actualidad prefiere olvidar un pasaje de nuestra historia–, el árbol de Navidad llegó a tierras mexicanas gracias a un austriaco, a un Habsburgo, el archiduque que fue Emperador de México durante el Segundo Imperio.

Orígenes del Nacimiento y del árbol navideño

El origen de los Nacimientos se puede rastrear fácilmente con Giovanni Bernardone (1182-1226), mejor conocido como San Francisco de Asís (puedes leer al respecto en este enlace: Los Nacimientos en México). Mientras que el origen de la tradición relacionada con el árbol de Navidad es más difícil de precisar, pero es también europeo, germánico. Se dice que los antiguos germanos –tal vez visigodos u ostrogodos–, durante el solsticio de invierno (21 de diciembre) hacían rituales relacionados con la renovación de la vida con el propósito de pedir a las deidades el retoño de las plantas y la victoria de la luz sobre las tinieblas, para ello adornaban árboles de pino o abeto con objetos brillantes y velas encendidas, y danzaban alrededor de tales árboles. Otra interpretación afirma que los antiguos germanos solían colocar velas y pan en los árboles durante las noches de invierno para que los viajeros o peregrinos pudieran seguir su camino y alimentarse.

Aún más, una leyenda alemana cuenta que San Bonifacio (obispo y mártir inglés 680–754) llegó como misionero evangelizador a territorios que hoy pertenecen a Alemania. Para demostrar la superioridad de su fe, en el pueblo de Geismar cortó de raíz un encino que era sagrado para los lugareños, pues a sus pies los habitantes solían depositar ofrendas y hacer sacrificios paganos cada año. Los nativos, indignados por tal atrevimiento, quisieron linchar al misionero, pero San Bonifacio no sólo logró calmarlos con su elocuencia, sino que los convenció de la llegada del hijo de Dios para salvar a los fieles y de que cuán necesario era desterrar a otras deidades no cristianas. La horda de paganos, creyendo un poco en sus palabras, lo ayudó a plantar un pino en el mismo lugar donde había estado el encino sagrado. San Bonifacio quedó muy complacido con la afabilidad de los lugareños, y jamás se dio cuenta de que, muy en el fondo, esa gente dedicó el pino recién plantado al divino Yggdrasi, el gran árbol que era en sí una de sus principales deidades paganas. (Texto en un blog de Homero Adame.)

Tradición navideña

El árbol de Navidad como parte de las tradiciones navideñas se arraigó en Alemania y en otros países aledaños, como Austria y la parte alemana de Suiza. En el siglo XVIII llegó a los Estados Unidos, años antes de que en otros países europeos, como Francia, Dinamarca o Suecia. En Inglaterra se colocó el primer pino navideño en 1840, en el castillo de Windsor, gracias al príncipe Alberto, consorte de la reina Victoria. El príncipe Alberto era originario de Alemania. El ejemplo fue adoptado rápidamente por la aristocracia británica y luego por el pueblo, y en pocos años se extendió a todas las colonias del Reino Unido. (Artículo reescrito por Homero Adame.)

Primer árbol de Navidad en México

Para las fiestas navideñas de 1864, el Palacio Imperial de Chapultepec, remodelado al gusto de Maximiliano I de México y su esposa Carlota, presentó algo extraordinario, algo que los mexicanos no habían visto jamás: un gran pino colocado al centro de uno de los salones del palacio, y el pino decorado con listones, velas, frutas y regalos a sus pies.
   Los aristócratas mexicanos que tuvieron oportunidad de ver ese árbol navideño de inmediato adoptaron la idea y colocaron en sus casas y mansiones uno similar. Así empezó esta costumbre europea, desconocida en el país, traída a México por Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica.
   Bien sabemos que el Segundo Imperio Mexicano fue corto. Cuando Maximiliano I fue fusilado en Querétaro, en 1867, de inmediato el gobierno de México trató de erradicar algunas costumbres europeas traídas por el Emperador y su corte, y es así como el uso del árbol de Navidad empezó a caer en desuso y se recuperó la tradición del nacimiento, más arraigada desde la época virreinal.
   Sin embargo, en 1878 reapareció públicamente un árbol de Navidad ornamentado para las fiestas. Éste fue obra de Miguel Negrete –contrincante político de Porfirio Díaz–, quien lo adornó de manera tan espectacular que fue mencionado en varios periódicos y visitado por muchísima gente.
   Así, más de 150 años después de que el Castillo de Chapultepec se viera engalanado con el primer árbol de Navidad, hoy en día los hogares mexicanos se decoran con pinos o con nacimientos, según la preferencia familiar, aunque también es común que en muchas casas o comercios coloquen pinos y nacimientos para celebrar el natalicio de Jesús.

Nota: algunas imágenes fueron tomadas de diversos sitios de Internet. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a cada una de ellos.
Foto de Maximiliano I de México: El Financiero.
Foto de Nacimiento: Blog de Homero Adame.
Foto de pino navideño en mesa: "The Minnigerode" and the Christmas Tree.
Foto de familia alrededor de un pino de Navidad: The History of Christmas Trees.
Foto de los Emperadores de México, Maximiliano I y Carlota: Rouillac.

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