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martes, 1 de enero de 2019

Leyendas de Tabasco: La desaparición de los mayas


LOS MAYAS SE FUERON A OTRA DIMENSIÓN
(Leyenda de Villahermosa, Tabasco)

Por las cosas que yo he leído y que cuenta la gente de estudios, entiendo que hay muchos misterios que envuelven a los mayas; es que dicen que los historiadores no se pueden explicar exactamente cómo ni por qué desaparecieron los mayas. Hay cosas que sí saben, pero no se explican cómo es posible que un pueblo tan numeroso se haya acabado así tan de repente. Entiendo que cuando llegaron los españoles, todavía había muchos mayas, pero la mayoría de las ciudades estaban abandonadas.
   Cuando todavía vivía yo en Villahermosa –de allá soy–, una vez fue a la universidad un especialista a dar una conferencia y me acuerdo que dijo que los mayas no se acabaron con la conquista, sino que se fueron a vivir a otra dimensión y que lo hicieron a través de “puertas” que ellos mismos crearon en algunas de las pirámides. Dijo que algunas pirámides son como “puertas” o “ventanas” a otras dimensiones. Ese especialista estuvo explicando su teoría y quién sabe si sea cierto, pero lo que dijo a mí se me hizo interesante porque hay otras cosas que no tienen que ver con la gente de estudios, sino con las creencias de los mayas de ahora. Déjame explicarme: la gente mayor platica muchas cosas y por eso sabemos que los mayas saben muchas cosas que cuentan a través de sus historias, por ejemplo, de los aluxes, los espíritus, los duendes, los dioses y cosas de sus creencias, y no es que sean nada más leyendas de estas que andas buscando, sino que son creencias que siguen vivas, ¿no? Y en esas pláticas dicen que los mayas de mucho antes de la conquista eran gente muy avanzada espiritualmente que de algún modo encontraron la manera de irse a vivir a otro mundo, a otra dimensión.
   Esto algo de cierto ha de tener con el hecho de ciertas pláticas de personas de Tabasco, de Chiapas, de Yucatán, de toda la península, pues, que cuentan que sin proponérselo ni saber siquiera, de repente entraron a otra dimensión y cuando estuvieron allá vieron pueblos enteros llenos de vida, con gente como los mayas que podemos ver en los códices, o sea, mayas antiguos. Para explicarme mejor, es algo así como que entran a pueblos, digamos, encantados, que existen en otra dimensión; existen de verdad pero nosotros no los podemos ver ni sentir porque estamos en una dimensión diferente. (Leyenda de Homero Adame.)
   Y bueno, no es que yo crea en esas cosas así con fe ciega ni que esté convencida de que sea realidad, pero no puedo dudar que haya cosas que nuestros ojos no pueden captar, y lo de las dimensiones son cosas misteriosas, pero los científicos saben que existen. Entonces, es posible que los mayas más antiguos hayan encontrado la manera de entrar a otra dimensión para seguir viviendo allá, como cuentan en las creencias de los mayas de ahora, ¿no?

Después de muchos años de ocupación maya, los españoles fundaron Villahermosa en 1564 y la llamaron San Juan Bautista de Villahermosa. Gracias a su crecimiento y prosperidad, en 1641 se le concedió el título de sede del gobierno colonial. Cuando Tabasco se convirtió en estado libre, en 1826, su capital cambió el nombre por el de San Juan Bautista. Casi un siglo más tarde, después de la Revolución, Villahermosa retomó su topónimo que conserva en la actualidad.

Una versión similar fue publicada en “Mitos y leyendas de todo México”, por Editorial Trillas, 2010. En dicho libro, Homero Adame recrea 64 leyendas mexicanas (dos por cada entidad federativa), y puede conseguirse a través de la Tienda en Línea de la Editorial Trillas siguiendo este enlace:

Notas:
1. La foto de la pirámide de Chichén Itzá fue tomada del sitio de Internet Posta. Que el enlace sirva de agradecimiento a sus creadores.
2. La foto de Palenque del sitio FayerWayer. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.
3. La foto de la catedral fue tomada del sitio Reporteros del Sur. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.

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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Leyenda de la luz errante


LA LUZ ERRANTE
(Leyenda de Jaumave, Tamaulipas)

No, mi amigo, por estos rumbos no hay cuevas ni cosas grandes de los indios de antes –afirma el Sr. Félix, un campesino que vive en Pentezuela–. Quién sabe si esos indios se bañaban en las aguas éstas. Lo que sí hemos visto son pedernales así d’este tamaño. Cuando uno anda en la labor luego se los encuentra por ai tiraos. Son las mentadas puntas de flecha de los indios. Allá p’aquel lao, en aquellos cerros altos, sí hay cuevas y pos cuentan cosas que se han hallao ai dentro. Pa’ que le voy a echar mentiras, yo no he entrao en ellas. Ni siquiera sé con esatitud ónde quedan.
Lo que sí hemos mirao aquí es la luz errante. Todos los rancheros de aquí hasta Burgos y San Carlos l’han visto alguna vez. Mire, ai onde andan aqueos caballos (una planicie desmontada que rodea el baño) yo he visto la luz errante en la noche. Se ve clarita. Uno pos sí se asusta las primeras veces, pero como que luego le agarra uno confianza porque esa luz es buena para uno; lo acompaña por las veredas, siempre adelantito de uno. Quién sabe qué será, pero es una luz buena que ayuda al que anda en el monte por la noche, o al que anda perdido. (Leyenda recopilada por Homero Adame.)



Jaumave fue la segunda población que fundó el conde de Sierra Gorda, José de Escandón, el 19 de mayo de 1744, llamándose en esa fecha San Lorenzo de Jaumave. Para su fundación, el mencionado conde trajo familias procedentes de Guadalcázar, jurisdicción de San Luis Potosí. Siguiendo con las costumbres de aquella época, después del acto de fundación se ofició una misa por órdenes del colonizador, para después hacerse el trazo de los límites del poblado, señalando los solares y las calles; dotando a los habitantes de agua del manantial que hoy se denomina Media del Pueblo. 

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domingo, 11 de noviembre de 2018

Leyendas de Tlaxcala: Apariciones en el atrio del convento


LOS MONJES Y EL SACERDOTE TLAXCALTECA
(Leyenda de Tizatlán, Tlaxcala)



Por los estudios que han hecho, aquí nos han dicho que estas pirámides fueron más importantes que el convento dedicado a San Esteban, pero casi nadie viene a visitarlas porque mejor se van allá a Cacaxtla. De todas maneras las pinturas murales de aquí tienen su valor histórico, y dicen que hay más, pero no han explorado los arqueólogos porque dicen que el gobierno no tiene dinero para lugares que no tienen importancia turística --le dice el Sr. Ruperto Andrade a Homero Adame en esta leyenda publicada en uno de sus blogs.
   [...] Sí, hay pláticas que la gente cuenta, pero quién sabe si serán ciertas o nomás son cosas para asustar a los niños y hacerlos que se porten bien. Entre las leyendas dicen que se han visto apariciones de monjes, que los han visto allá sentados; allá en lo que es el atrio del convento, cerca de las ruinas arqueológicas. Pero hay una cosa muy curiosa: dicen que esos monjes se miran como sentados alrededor de una fogata, es en la noche, y que están hablando con un sacerdote tlaxcalteca que está de pie. Es así como si el sacerdote tlaxcalteca, con su penacho, les estuviera dando explicaciones o doctrina a los monjes españoles. Es muy curiosa esa plática, pero, como le digo, quién sabe si sea cierta. (Blog de Homero Adame.)

Notas:
1. La foto del convento de San Esteban, en Tizatlán, fue tomada del blog Tizatlán. Que el enlace sirva de agradecimiento a su creador.
2. La foto del sitio arqueológico de Tizatlán fue tomada de la página de Internet Pueblos de México mágicos. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a sus creadores.

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miércoles, 10 de octubre de 2018

Mitos y leyendas de Veracruz: El espíritu de la nauyaca


LA NAUYACA
(Leyenda de El Tajín, Veracruz)


Bueno, aquí también se habla de una gran serpiente que habitaba en la selva, entre las pirámides, en las milpas, en cualquier lugar despoblado y se dice que esa gran serpiente que es el espíritu de la nauyaca. La nauyaca en sí es una víbora muy peligrosa porque su mordedura causa la muerte inmediata, en menos de media hora. Entonces cuentan que en toda esta región que de repente aparece una víbora muy gruesa y larga que al hacer su silbido vibra el ambiente. Cuando ella sale es un presagio malo –dice Dimitrio García.
   [...] Bueno, es un presagio malo porque el silbido anuncia que puede venir una tormenta, que alguien se va morir, que algo malo va pasar, pues. Dicen que poquito antes de la crisis (de 1995), se oía el silbido de la nauyaca por todas partes y la gente luego luego se asustó. Todos esperaban algo malo, no sé, un asesinato como el de Colosio, una guerra de los zapatistas, y nada... que se viene esa crisis que ora sí nos desgració a todos. Ya ve, ya pasaron más de seis años y seguimos igual de fregados. Entonces como el presagio era de una cosa muy grave, los que saben luego dijeron que por eso se oían los silbidos de la nauyaca por todas partes. (Leyenda publicada en un blog de Homero Adame.)
   [...] No, yo no la oí, ni tampoco he visto la serpiente grande. Pero sí conozco las nauyacas, son feas como ellas solas, nomás de verlas uno se asusta más que con una cascabel o una culebrita porque sabemos que la mordedura de la nauyaca es mortal.

Notas:
1. La ilustración de una enorme serpiente fue tomada del blog Terra de somnis II. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.
2. La foto de la nauyaca terciopelo (Bothrops asper) fue tomada de la página de Internet Naturaleza curiosa. Que el enlace sirva como crédito y agradecimiento a sus creadores.

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domingo, 9 de septiembre de 2018

Leyendas de Yucatán: El cura sin cabeza


EL CURA SIN CABEZA
Leyenda de Mérida, Yucatán

Una de las muchas leyendas que cuentan aquí en Mérida es la del fantasma del cura sin cabeza –anticipa la artesana Elisa Bojórquez–. Cuenta esa leyenda que uno de los primeros curas que tuvo nuestra catedral fue muy malo con los mayas; los trataba muy mal porque no querían entrar a misa y luego, a chicotazos, los obligaba a meterse al catecismo. Los mayas no entendían bien el español y por eso el cura les pegaba porque, según él, se hacían que no entendían. Aparte de malo, ese cura era muy envidioso y abusivo. Le pedía mucho diezmo a la gente rica y si no se lo daban, a la hora del sermón se burlaba de ellos, los acusaba de malos cristianos y los corría de la iglesia. Pero todo se paga, en vida o después de la muerte, y a ese cura Dios nuestro señor primero lo castigó en vida y luego también después de la muerte.
      El cuento está en que una tarde, a la hora del catecismo, varios niños mayas andaban correteando en el atrio. Cuando el cura se dio cuenta se enojó mucho y agarró el chicote para darles azotes. En eso se formó un remolino muy fuerte y al cura le entró tierra en los ojos, tanta tierra que le salió sangre y se quedó ciego. Pero eso de quedarse ciego no le quitó lo malo, tampoco dejó de decir misa y seguía tratando mal a los mayas.
      Pasó el tiempo con ese sufrimiento muy feo de estar ciego y una tarde se volvió loco de coraje porque alguien tocó las campanas de la iglesia cuando no era hora. Se disponía a subir las escaleras del campanario cuando oyó que unos niños mayas estaban riéndose en la parte de arriba. A tientas fue a la sacristía por el chicote para castigarlos. Luego subió las escaleras con mucha prisa; iba furioso. Casi al llegar arriba pisó mal un escalón y se vino rodando por la escalera y ahí murió decapitado. Lo más feo fue que primero encontraron su cabeza, que había rodado hasta abajo, y más arriba estaba su cadáver en un charco de sangre. (Leyenda encontrada en un blog de Homero Adame.)
      Desde entonces comenzó la leyenda del cura sin cabeza, leyenda que todavía cuenta mucha gente porque ha visto su fantasma, decapitado, caminar adentro de la iglesia, por la calle o en la puerta que sube al campanario. Dicen que anda buscando su cabeza. Todos los que han visto esa aparición se asustan muchísimo y caen enfermos por causa de la impresión. Y así sabemos que el cura sigue pagando sus pecados.
      También cuenta la leyenda que cuando el cura encuentre su cabeza, entonces ya podrá descansar, pero no va a ser fácil que la encuentre porque parece que la sepultaron en un panteón que ya no existe.

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Mérida fue fundada el 6 de enero de 1542 sobre las ruinas de una ciudad maya llamada T’Hó. El 30 de abril de 1605 recibió el título de Muy noble y muy leal ciudad de Mérida de Yucatán.
La catedral emeridense, también conocida como Catedral de Yucatán, fue levantada entre 1562 y 1599, siendo la primera construida en la América continental y, por añadidura, la más antigua de México.

Notas:
1. Una versión editada de esta misma leyenda fue publicada en el libro “Leyendas de todo México, aparecidos y fantasmas” por Editorial Trillas, 2016. El libro se puede conseguir siguiendo este enlace: Leyendas de apariciones fantasmales.

2. La imagen del cura sin cabeza fue tomada del sitio de Internet Pasto Tierra Cultural. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a sus creadores.

3. La foto antigua de la catedral de Mérida fue tomada del sitio de Internet meridadeyucatan.com. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a sus creadores.

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viernes, 3 de agosto de 2018

Leyendas de Zacatecas: El hacedor de lluvia

EL HACEDOR DE LLUVIA
(Leyenda de Villa de Cos, Zacatecas)


Aquí es una tierra muy seca, pero hay aguajes de la antigua hacienda de Illescas, de la de Sierra Hermosa y hasta de la de Guanamé; aquí pues es el desierto y no es muy llovedor, ¿verdad? Pero cuentan que mucho más antes había gente que sabía traer la lluvia. Como por ejemplo hubo un hombre, que yo creo que era indio de no sé qué tribu –porque antes había aquí varias tribus, unos de Zacatecas [zacatecos o caxcanes] y otros de por el rumbo aquí del estado de San Luis [huachichiles]–. Entonces dicen que los hacendados de Illescas mandaban traer a uno de esos hombres que vivía en un ranchito serrano de Villa de Cos –está del lado zacatecano– para que hiciera llover y se llenaran los aguajes porque había temporadas muy largas de sequías muy duras –explica la Sra. Inés Sosa Dominguéz, radicada en Santo Domingo, SLP.

   Este hombre sabía las danzas de la lluvia. Pero eran danzas no como de los matachines o las pastorelas que van a Catorce a las festividades de San Panchito, o los matachines que bailan aquí el 4 de agosto en la fiesta patronal. No, ese hombre que le digo era pues hacedor de lluvia porque él sabía bailar, y dicen que lo llevaban primero a la hacienda y luego a los aguajes de la hacienda. Aquí mero en Santo Domingo estaba uno de los aguajes –todavía quedan partes de las ruinas del aguaje que le digo, vaya a verlo al ratito, está de aquel lado–. Entonces ese indio zacatecano –habrá sido huichol a lo mejor–iba a los pueblos y las haciendas y ponía sus no sé, serían monitos o las plumas de algunas aves, y luego prendía candelas y que hacía un círculo con braceros y que echaba una plantita seca que creo le llaman «istafiate». Y el hombre se ponía a bailar con sus cascabeles aquí en las pantorrillas y tocaba un tamborcito. Bailaba, bailaba y bailaba toda la tarde cuando había tarde de nubes, y ya para cuando empezaba a pardear la tarde, cuando se metía el sol, empezaban los rayos y los truenos y es cuando él echaba más hojitas del istafiate ese que le digo en los braceros y de rato empezaba la lluvia. ¡Y eran aguaceros, grandes aguaceros de los que ya no se ven!, pero tampoco eran culebras, de esas culebras de agua; eran lluvias fuertes que se lograban gracias al conocimiento –o sería la magia– de ese indio del rumbo de Zacatecas que le digo. Pero se acabó o se habrá muerto o quién sabe qué habrá sido de él porque de esto que le digo fue hace muchos años, muchos muchos años. Entonces a lo mejor ya no quedó alguien que siguiera la costumbre de él o alguien a quien él le haya pasado el conocimiento ese de hacer llover. Y pues se acabó él y luego se acabaron las haciendas, y los aguajes pues ya quedaron abandonados y con eso se acabó la lluvia que este señor sabía traer. (Leyenda encontrada en un blog de Homero Adame.)
            Y ahora las lluvias vienen nomás de vez en cuando, pero ya no tanto como en aquel tiempo cuando ese hombre que le digo sabía cómo organizar las nubes para que cayera el agua e inundara todo este rumbo y llenara los aguajes.

Los llamados «graniceros» o «teciutleros» (cuyo origen viene de los teciuhtlazque nahuas) son personas que, entre otras funciones, tienen el conocimiento para hacer llover y todavía en la actualidad existen por doquier. La narración que tenemos enseguida nos habla de un granicero, y sus rituales, que era contratado para traer los chubascos a la región de Villa de Cos, Zacatecas y Santo Domingo, SLP, una de las más áridas del Altiplano. No sabemos a cuál etnia haya pertenecido, pero entre corchetes pusimos las posibilidades.



Para leer más sobre los huachichiles, Mitos y leyendas de huachichiles, en su segunda edición de 2024, tiene relatos inéditos que Homero Adame recopiló tiempo después de la primera edición (en 2008) durante sus recorridos por las semi desérticas llanuras altiplanenses; relatos que aluden directamente a los huachichiles, grupo del cual poco se sabe, pero Homero Adame nos da una muestra a través de la óptica legendaria, área que le es muy conocida. Debemos recordar que la historia conocida es la versión de los vencedores, sin embargo, gracias a estos relatos y leyendas recopiladas por el también  “arqueólogo de la tradición oral” podemos dar un atisbo de la vida y las creencias de los vencidos.Y para dar un cierre inesperado a este trabajo, el también escritor y novelista incluyó un relato adicional, obra de su pluma, de su creatividad literaria y de su fascinación por los huachichiles; relato que nos permite imaginar cómo eran estos habitantes del ayer, cómo vivían, cuáles eran sus idiosincrasias y muchas cosas más. 

El libro está disponible en Amazon, siguendo estos enlaces:

Huachichiles formato digital (Kindle)     y     Huachichiles para impreso




jueves, 19 de julio de 2018

Leyenda de animales fantásticos: La víbora parada en el agua


LA  SERPIENTE  ERGUIDA  EN  EL  AGUA

Una fresca noche estábamos sentados en el jardín del rancho de don Evaristo platicando sobre Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, también llamada Kukulkán, entre los mayas, o Viracocha, su equivalente entre los incas. Luego de un largo silencio, don Evaristo dijo que una vez que fue a la presa Vicente Guerrero, en el antiguo pueblo de Padilla, Tamaulipas, un pescador le contó que en una ocasión andaba con unos compañeros en su lancha y para capturar pescados grandes se dirigieron al centro de la presa. En eso uno de sus compañeros exclamó: “¡Miren allá! ¡Hay una víbora de cascabel en el agua!”. (Leyenda de Homero Adame.)
   Obviamente se trataba de un evento muy extraño porque todo mundo sabe que las víboras de cascabel son terrestres. Sin embargo, luego de que los pescadores apagaron el motor para observar ese fenómeno, sin más ni más la víbora se irguió en el agua ¡hasta que quedó completamente vertical sobre su cola! Después de un rato, la víbora se dobló y se zambutió en el agua para desaparecer de la vista de esos pescadores.
   Cuando volvieron a sus casas le platicaron a medio mundo lo que habían visto, pero todos pensaron que era otra simple historia de pescadores, historia llena de fantasía. Sin embargo, un anciano pescador confesó que a él también le había tocado ver esa misma víbora poco después de que se inundó la presa en los años 70; y que la descripción era exactamente igual: una víbora de cascabel que se para sobre su cola en el medio de la presa...
 Notas:

1. Leyenda tomada del libro: Don Evaristo, el contador de historias, de Homero Adame. En impresión.
2. La foto de la serpiente en el agua fue tomada del sitio de Internet Fotonaturaleza.cl. Que el enlace sirva de crédito y agradecimiento a su autor.
3. La pintura de las serpientes fue tomada del muro en Fb de Grazia Ardillo. El enlace es una manera de agradecimiento.
4. Puedes leer esta misma leyenda en inglés siguiendo este enlace: The snake, legend from Tamaulipas.
5. Si te interesa algo de la historia de Padilla, Tamaulipas, y la muerte del emperador Agustín de Iturbide, sigue este enlace: Agustín de Iturbide y la desaparición de Padilla.
6. La foto final es de Homero Adame y corresponde a la antigua escuela de Padilla, Tamps, que suele estar bajo el agua de la presa.

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sábado, 7 de julio de 2018

Una comida en el tren


UNA COMIDA EN EL TREN

Autor: Homero Adame

Antes se viajaba en tren. Ahora, en coche, en avión o, a falta de recursos, en autobús (quién sabe si alguien se aventure a pedir aventón a un desconocido). Los cruceros en barco resultan todo un lujo y el tren... bueno, el tren queda para la historia, y la añoranza.
          En cierta ocasión andaba por tierras michoacanas y, como a no pocos les ha sucedido, me quedé sin dinero. Dos semanas por doquier, conociendo montañas y playas, siempre en autobús, dieron como resultado mi bolsillo casi vacío. Pedir aventón ya era más arriesgado que aventurado porque se contaban toda clase de historias escalofriantes. No obstante, uno como joven estudiante toma cualquier riesgo y yo ahí estaba, parado en la carretera afuera Morelia, esperando que alguien me llevara hacia el Distrito Federal. Se detuvo un camión medio destartalado que iba a Queréndaro. No fueron demasiados kilómetros, pero algo es algo. Después de otros treinta minutos en las afueras de ese pueblo conseguí aventón en una camioneta cargada de rastrojo que iba a Maravatío. Claro que ésa no es la ruta más veloz a la capital, pero a empujones también se llega.
          —Así que va a México –me dijo el conductor, en cierto momento de la plática.
          —Sí, a México –respondí.
          —¿Por qué anda de raite?
          —Es que ya casi no traigo dinero y no completo para un pasaje de autobús.
          —Ah qué la fregá. Váyase en tren. No cuesta casi nada y llega seguro.
          No se me había ocurrido lo del tren y seguí el consejo. Jamás había viajado en ese medio de transporte y me gustó la idea. El hombre me dejó en un pueblo llamado Tungareo y me indicó cómo llegar a la estación, a unos quince minutos caminando entre sembradíos de zanahorias y de fresas. Corté muchas de éstas y las metí en la mochila.
          Aún no divisaba la estación ni los rieles cuando escuché el inconfundible sonido del tren. Y ¡patas pa’ qué las quiero! La mochila en mi espalda brincaba y brincaba. Más tarde vi que las fresas cosechadas se volvieron mermelada sin azúcar.
          La estación se hallaba prácticamente desierta, salvo por los infaltables vendedores ambulantes. El tren paró. Yo todavía respiraba fuerte. Subí y pagué el boleto al cobrador de a bordo y busqué un lugar para sentarme. Era un tren de segunda, repleto de gente con todo tipo de equipaje: cajas, maletas, baúles y bolsas. Las gallinas no podían faltar para agregarle un toque pintoresco al aroma de por sí enrarecido. Como nadie me dijo que se trataba de un tren de segunda caminé de vagón en vagón hasta que encontré uno casi vacío. Muy bien, aquí me acomodo. Aún no me quitaba la mochila de la espalda cuando dos soldados, de rostro inescrutable, se aproximaron para decir que era el vagón exclusivo del correo. “Ah, disculpen...”.
          Recorrí cada vagón, todos atestados, y llegué al último. Era diferente al resto: no había asientos propiamente dichos, sino mesas comunes y corrientes, aunque sin servicio de cafetería. Todos los pasajeros allí eran hombres; iban medio borrachos o ya hasta las chanclas. Levantaron la vista cuando entré y luego siguieron jugando baraja o dominó y escuchando música de mariachi que alguien había tenido a mal sintonizar en una estación de radio. El olor era insoportable, a cantina de mala muerte. Y ahí voy para atrás, a buscar dónde sentarme.
          Encontré un espacio decente, en un vagón lleno de familias y niños. Éstos correteaban de arriba para abajo, haciendo mucho alboroto. Qué más da, es parte del folclor y su ruido es menos estridente que el del mariachi mal sintonizado en la radio. Al poco rato, el tren paró en una estación llamada Pomoca, que supongo era mayor porque ahí subieron varias mujeres a vender comida. Atrás de ellas iban sus chamacos con las tortillas.
          —¡Mole! ¡Mole! ¿Quién quiere mole? –gritaban ellas.
          —¡Yo! –un viajero levantó la mano.
          —Nosotros también –gritó un padre de familia.
          Olía rico el mole y yo no había comido nada caliente desde la noche anterior. «Yo también», grité. Una mujer se acercó y bajó el enorme cazo que llevaba sobre la cabeza. En un plato de plástico sirvió mi ración, acompañada con arroz.
          —Oiga, seño, ¿no tiene servilletas?
          —Pídaselas a mi chamaco, el que trae las tortillas.
          El niño, chaparrito y descalzo, me dio una hoja de papel estraza y le compré una orden de tortillas. No me dieron cucharita ni tenedor de plástico. ¿Cómo se come el mole así? Observa a los demás, esa es la mejor enseñanza.
          La gente comía su mole con singular gusto. El plato sobre las piernas, una tortilla a la mitad hace las veces de cuchara; la chupan para ¿comer?, ¿beber?, ¿ingerir? el líquido. Luego, con los dedos, se agarra la pieza que le tocó del famélico pollo. Yo hice lo mismo.
          Al terminar de comer limpié mis dedos y palmas de las manos con el pedazo de papel estraza, pero no quedaron muy pulcras que digamos. Mi pantalón y playera estaban un poco salpicados, sin haberme enterado cuándo sucedió. Obvio que con el traqueteo algo de mole se tira y se esparce por doquier. Paramos en la próxima estación y las vendedoras descendieron, con los cazos en sus cabezas, seguidas por la ristra de escuincles. Posiblemente iban a esperar el tren de regreso para volver a su pueblo, salvo que vivieran ahí, claro.
          Todavía con el sabor dulce y picosón en mi boca, me levanté para ir a tirar el plato de plástico a ver en dónde. Mi sorpresa fue mayúscula: ¡todo el vagón estaba manchado de mole! Los vidrios, el piso, los asientos, todo, todo era un verdadero “moledar”, por no decir muladar. Y los pasajeros... como si nada. Las moscas volando por doquier serán siempre una visión inolvidable.
          Aunque el mole sea muy sabroso, cómase donde se coma, ahora me pregunto: ¿no sería que por esa razón el gobierno decidió eliminar el servicio de tren de pasajeros en México?



Esta versión recortada del relato fue galardonada con el 2° lugar en el “Concurso Viajeros al Tren”, convocado por Tren a Quequén, Argentina, en 2014.


Cerrados los cómputos para los cuentos más populares en Facebook, el veredicto es el siguiente:
Ganadores:
1° Premio: dotado de $ 100 y Diploma
Cuento N° 317 Votos 263
Boleto de tren envuelto en una servilleta,
SEUDÓNIMO: Elízabeth Lencina
Autora: María Guerra Alves
La Plata, Pcia de Bs AS
2° Premio: dotado de Diploma
Cuento N° 245 Votos 254
Una comida en el tren,
Seudónimo: Kárviah
Autor: Homero Adame
San Luis Potosí, México
3° Premio: dotado de Diploma
Cuento: 90 Votos 252
Del lado de la ventanilla
Seudónimo: Nadie
Autor: Pablo Casado
Necochea, Pcia Bs As.
La entrega de Premios de acuerdo a las bases establecidas se realizarán el domingo 3 de agosto en el CEF de Quequén, Av. 554 y 513.

viernes, 8 de junio de 2018

El Padre Juanito


EL PADRE JUANITO
El sacerdote leyenda de San Luis Potosí 

Yo me acuerdo bien del padre Juanito, me tocó verlo muchas veces, saludarlo y platicar brevemente con él. Nunca me tocó estar en una de sus misas cuando oficiaba porque su parroquia era en Morales. Siempre lo recuerdo como un anciano, encorvado, chaparrito. Era muy bondadoso, sabía escuchar a los demás, darles consejo cuando se lo pedían y su voz daba tranquilidad –dice Antonio Ortega.
       Hay muchas cosas que cuentan de él, muchas leyendas y también hay muchos testimonios de cosas digamos que sobrenaturales. Por ejemplo, dicen que levitaba; mucha gente lo vio levitar dando misa al momento de la consagración y hay testimonios de gente que lo vio levitar cuando él hacía sus paseos de meditación en los atrios de las iglesias o en el parque de Morales. A mí no me consta, pero tengo familiares que sí porque afirman haberlo visto levitando.
       No sé si haya tenido el don de la curación, pero una característica muy de él era que iba a los hospitales a visitar pacientes, hacer oración con ellos y si decía que se iban a aliviar, se aliviaban. O sea que más que tener el poder de sanación, él auguraba el final feliz de una enfermedad.
       Otra característica muy de él era la de siempre llegar a tiempo para dar los santos óleos a un moribundo, ya fuera en el hospital o en la casa de él o ella. ¿Quién le avisaba? No se sabe, simplemente llegaba.
       También cuentan que tenía el don de estar en dos o más lugares al mismo tiempo, y eso sí me consta porque una vez me tocó verlo en dos lugares distantes con diferencia de pocos minutos y me quedé bien sorprendido y desde entonces tengo mi propio testimonio. Fue una vez que mi esposa estuvo hospitalizada en el Centro Médico del Potosí antes de que se convirtiera en el hospital Ángeles. Eran como las tres de la tarde cuando iba en el coche al hospital. En la esquina de Carranza para dar vuelta por el callejón que está entre el parque Morales y el deportivo, lo vi que estaba platicando con unas personas. Llegué al hospital tres o cuatro minutos más tarde, me estacioné y fui directamente al cuarto para ver a mi esposa. Me quedé bien sorprendido que el padre Juanito estuviera allí, haciendo una oración mientras tenía a mi esposa tomada de las manos. Nos saludamos y cuando se fue me dijo que no me preocupara porque mi esposa se iba a aliviar muy pronto. O sea, en menos de cinco minutos, o algo así, lo vi en dos lugares distantes y no fue posible que él llegara primero que yo al hospital, y lo más curioso es que mi esposa me dijo que el padre había estado allí, rezando con ella, por casi media hora antes de que yo llegara. ¿Raro, no? Y eso no es todo, a los pocos minutos llegaron mis cuñadas y nos contaron que habían estado platicando con el padre Juanito en el restaurante y que les había dicho que su hermana, o sea mi esposa, ya se iba a aliviar. O sea que, sacando cuentas, estuvo en tres lugares al mismo tiempo. (Leyenda encontrada en un blog de Homero Adame.)
       Sé que murió el padre Juanito en 2012 y sus últimos meses estuvo convaleciente, o sea que ya no podía salir a hacer sus paseos de meditación. Pero cuentan que en esas fechas lo veían en los hospitales visitando gente. Y aunque ya murió y lo sepultaron en la iglesia de Morales, mucha gente afirma que lo ha visto en los hospitales, haciendo oración con algunos pacientes.

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El presbítero Juan Almazán Nieto, mejor conocido como el padre Juanito, nació en Rioverde el 27 de diciembre de 1915. Se ordenó como sacerdote el 8 de junio de 1941 y desde entonces tuvo diferentes cargos en seminarios y capillas. Fue párroco de Tequis y en sus últimos años estuvo al cargo de la parroquia de Morales. Murió el 16 de marzo de 2012.
Nota: la foto del Padre Juanito fue tomada de Facebook, del grupo Imágenes Históricas de San Luis Potosí. Un agradecimiento a sus administradores.




 

Esta versión de la leyenda fue publicada en 2014 en el libro Misterios, leyendas de San Luis Potosí, de Homero Adame y reeditada en 2024. 

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